16.4.06

Crear una nueva esfera publica, sin Estado



*Texto extraido del diario argentino el "CLARIN" con fecha de publicacion 24-12-2004.

De los mismos autores...

Paolo Virno sostiene que vivimos en una época de crisis que, como ocurrió en el siglo XVII, impone repensar todos los conceptos y categorías. Apuesta a una democracia de la «multitud» que ya no debe tomar el poder sino crear una nueva esfera pública que prescinda del Estado y valorice al individuo. Aquí, un fragmento de su último libro, «Cuando el verbo se hace carne»,en el que reivindica con razones científicas y filosóficas la visión materialista de la vida.




«Crear una nueva esfera pública, sin Estado»

ENTREVISTA: PAOLO VIRNO por Héctor Pavón

«El futuro puede estar cargado de promesas pero también puede venir lleno de terrores». Así, con un realismo crudo, se refiere al presente Paolo Virno, filósofo italiano y protagonista de la escena del pensamiento contemporáneo europeo y de algunos circuitos de las ideas argentinas. «Intento elaborar una filosofía materialista que parte del hecho de que el ser humano es un animal lingüístico y político, como dice Aristóteles. La condición biológica de nuestra especie provoca el hecho de hablar y del hacer político. El materialismo que yo propongo busca unir naturaleza e historia», dice, como declaración de principios, Virno. Marx, Hobbes, Spinoza, Deleuze, Simondon, son sus referencias canónicas. Entre sus libros, ha sido Gramática de la multitud (Colihue) el que ha puesto de manifiesto su pensamiento filosófico político y lo convirtió en un autor clave para entender las lecturas sobre la «multitud» a la que también ha hecho referencia otro italiano más conocido: Toni Negri. Pero los postulados de Imperio y Multitud, los libros que escribieran Negri y Michel Hardt, fueron cuestionados por Virno que considera la idea de Imperio como un análisis «prematuro». El nombre de Virno comenzó a sentirse en la Argentina al compás de las cacerolas que sonaron en diciembre de 2001. Cuando vinculó esos hechos con las protestas de Seattle y Genova le llovieron tantas opiniones acordando con él como respuestas polémicas a su interpretación. Ahora se publica en la Argentina Cuando el verbo se hace carne (editado por Tinta limón con el grupo Cactus), un libro complejo y profundo de reflexiones filosóficas en torno al lenguaje, la naturaleza humana, el concepto de multitud y Ludwig Wittgenstein. Desde Roma, amable y generoso, habló sobre sus pasiones filosóficas.

- Vivimos una nueva época que como tal necesita nuevos valores, conceptos. Pero, ¿quién los pensará, quién los construirá?

- Ese es el problema de las nuevas formas políticas. Pienso que estamos en una situación bastante parecida a la que se vivió en Europa en el siglo XVII cuando se inventaron todas las categorías, los conceptos que ahora parecen obvios, triviales y comunes. Fue en ese momento cuando se creó la idea del Estado nacional, central, y se inventaron conceptos como la soberanía y la obligación de obedecer. Tengo la impresión de que estamos en una fase en la que todos esos conceptos están en crisis y se construyen otros. ¿Quién los construye? Es una pregunta muy acertada. Y no hay que pensar que haya filósofos o pensadores que inventan conceptos políticos porque ése es un modo de concebir la política desde el peor Platón o la peor Ilustración. Estos conceptos emergen poco a poco dentro de experiencias colectivas por prueba y error. Está emergiendo un nuevo modo de ser en la esfera pública que se caracteriza por el hecho de que el Estado es algo que se ha vuelto viejo, inadecuado, al igual que una máquina de escribir respecto de una computadora.

- Este presente parece pleno de miedos, angustias, conocidos y desconocidos; es una era de incertidumbre. ¿Dónde está la salida, en la filosofía, el arte, el psicoanálisis, la política?

- Creo que ese miedo como sentimiento difuso, característico de nuestra época, es un miedo en el cual se mezclan dos cosas antes separadas: por un lado el miedo por peligros concretos, por ejemplo, «pierdo el puesto de trabajo». Por el otro, un miedo mucho más general, una angustia, y que no tiene un objeto preciso que es el sentido de la propia precariedad. Es la relación con el mundo en su conjunto como fuente de peligro. Estas dos cosas normalmente estaban separadas. El miedo por un motivo determinado era algo socialmente gobernable mientras que la angustia por la propia precariedad, por la propia finitud, era algo que las religiones o la filosofía trataban de administrar. Ahora, en cambio, en la globalización, las dos cosas son una sola. Vale decir: cuando tengo miedo por un peligro concreto siento también toda mi precariedad respecto de mi vida, del mundo como tal, del significado de mi vida. Es como si experimentásemos en situaciones sociales ¿como la crisis argentina de hace dos años, o la vida de los inmigrantes que llegan a Europa? al mismo tiempo un problema económico social concreto y una relación con el mundo que nos aparece con todo su dramatismo. Yo creo que lo que puede constituir un remedio, una cura para ese miedo angustiante es la construcción de una nueva esfera pública. Entiendo por esfera pública nuevas formas de vida que no tengan más en su centro la obediencia al Estado y la obligación del trabajo asalariado en tanto trabajo despojado de significado que está por debajo de lo que hombres y mujeres pueden hacer con su colaboración inteligente. Una nueva esfera pública donde se pueda valorizar la propia singularidad y no converger hacia esa especie de unidad trascendente que es el soberano, el Estado.

- Usted ha expresado que hoy el objetivo de la política es la felicidad. Una expresión que puede parecer poética pero, ¿cuál es su interpretación social?

- Cuando se habla de felicidad muchos piensan quizás en aquel artículo de la Constitución de Estados Unidos que habla del derecho a ser felices. Yo pienso sobre todo en el uso que hizo Hannah Arendt de la expresión felicidad pública. Es difícil pensar en una felicidad como una especie de posesión secreta, de bien privado. La felicidad es algo relacionado con el hecho de que nuestra mente, la mía, la suya, es siempre como tal una mente pública, social y no puede realizarse si no es en relación con los propios semejantes. Pensar que somos mentes realizadas en sí mismas, completas, y que sólo en un segundo tiempo nos ponemos en relación con los otros me parece poco verosímil, falso. Y por ende pienso que ese estado de bienestar que llamamos felicidad es algo que tiene que ver con el tiempo. Pienso en el 68 en Europa, o en EE.UU., o en América latina, como una ocasión en la fuimos personalmente felices. Hay un punto en el cual lo que sucede a nuestro alrededor y lo que sucede en nuestros sentimientos más íntimos tiene una relación muy fuerte. El nexo entre política y felicidad ha sido negado durante mucho tiempo en nombre del ascetismo, de la separación entre lo público y lo privado, pero llegó quizás el momento de pensar de nuevo la vinculación entre ambas cosas.

- La unión entre naturaleza e historia es la base de su filosofía materialista. ¿Cómo se entiende esta unión y qué implicancias políticas contiene?

- Creo que por naturaleza humana es necesario entender el conjunto de condiciones invariantes que son verdaderas desde siempre y que constituyen la base para todo lo que cambia en nuestra vida. Existen condiciones fijas, constantes siempre iguales que en el ser humano permiten luego la gran mutabilidad, el gran cambio de modos de producción, costumbres, culturas. Cuando hablamos de una nueva época hablamos de cómo esas condiciones invariantes, que es nuestra naturaleza, como la facultad del lenguaje, emerge de una u otra manera, como lo «siempre presente», lo verdadero perpetuo, en una sociedad histórica que cambia. Por naturaleza humana debe entenderse un conjunto de condiciones que abren a la Historia, a la temporalidad, a la mutabilidad y que este conjunto de condiciones pueden reducirse al hecho de que somos animales lingüísticos y , que no nacemos ya sabiendo qué hacer, sino que debemos aprender. En la globalización, la precariedad, inestabilidad, ausencia de un ambiente determinado, que es un elemento de la naturaleza humana, se convierten también en características sociales, sociológicas. En los inmigrantes, por ejemplo, el hecho de que haya que modificar varias veces en la vida el propio saber laboral, o sea un elemento que siempre fue verdadero, adquiere una visibilidad particularmente fuerte.

- ¿Cuando usted se refiere al virtuosismo de los hombres y de sus acciones piensa en modelos en particular? ¿Dónde encuentra los virtuosos hoy? ¿En qué mundo o disciplinas?

- En un tiempo, cuando se decía virtuoso, se pensaba en el gran bailarín, el gran pianista. Para mí, las características del virtuoso en una forma mucho menos artística, mucho menos sublime, hoy se encuentran en el trabajo intelectual de masa. En la economía postfordista, basada en la comunicación, la cultura, la información. Cuántas veces, en los trabajos ¿digamos, post-fordistas? es necesario improvisar, comprender qué hacer respecto de una situación imprevista: es como si las características del virtuoso no se terminan en un objeto, es algo que es un fin en sí mismo, es tener una relación con quien lo escucha, con un público. Esas características hoy están presentes en el trabajo industrial. Se han socializado.

- El historiador Jacques Revel dice que le tememos al futuro, nos refugiamos en el pasado y sobrestimamos el presente. ¿Estamos viviendo un presente que se resiste a ser pasado?

- Creo que cierto miedo al futuro se debe al fin de la idea de progreso, a la idea de que el futuro sería mejor que el presente. Ahora tenemos frente a nosotros un futuro totalmente contingente: es decir que puede estar cargado de promesas pero también lleno de terrores. Es como si faltase una ética, un hábito de cómo enfrentar un futuro que ya no está garantizado por la idea de progreso. Por eso hay cierto miedo del futuro. Tengo la impresión de que hay una total concentración sobre el propio presente y que para ordenarlo, comprenderlo, se evocan figuras del pasado. Se trata, sin embargo, de una evocación en función de intentar hacer algo nuevo aquí y ahora.

- ¿No cree que los ciclos del capitalismo y del imperio, o imperialismo, son un déjà-vu, -esa figura que usted trabajó en «El recuerdo del presente»?

- Pueden parecer un déjà-vu sólo porque el capitalismo contemporáneo evoca la naturaleza humana como tal, pero en una configuración histórica muy particular: hecha de explotación. Por otra parte, existe justamente en el capitalismo contemporáneo esa unión entre aquello que vale desde siempre y aquello que vale sólo ahora y también puede ser modificado. De ahí surge la impresión del déjà-vu. En el fondo, los capitalistas siempre han dicho: somos una economía ligada a la naturaleza humana. Eso es verdadero y falso a la vez, en el sentido de que el capitalismo, cuando se habla de fuerza de trabajo, se refiere a algunas dotes del ser humano que valen desde siempre. Pero es falso porque el capitalismo adopta esta naturaleza humana, esas dotes humanas que siempre estuvieron presentes de un modo absolutamente particular que no es de hecho el único posible.

- El historiador británico Seton Watson ha dicho que los pueblos balcánicos producen más historia de la que pueden consumir. ¿Esta idea puede extenderse a toda la humanidad? ¿El mundo produce demasiado presente y memoria?

- Es acertadísimo. Me parece una frase excelente. En El recuerdo del presente yo sostengo lo contrario de lo que dice Fukuyama sobre el fin de la Historia. Estamos viviendo una situación de exceso de Historia. ¿En qué consiste ese exceso? Es cierto que obviamente suceden muchos hechos históricos, pero el exceso se debe al hecho de que en estos acontecimientos históricos ha pasado a ser objeto de historia también la capacidad humana de hacer Historia. Es decir: nuestra historicidad, la capacidad de poder hacer Historia se ha convertido en un objeto de la praxis. Por ejemplo, nosotros hacemos y tenemos Historia porque tenemos lenguaje y porque somos seres potenciales. Estas dos cosas, nuestra potencialidad y nuestra lingüisticidad, condiciones de la Historia, hoy pasan a ser materia prima de la economía globalizada. El trabajador debe estar abierto a la potencialidad, debe ser comunicativo. En vez de hablar del fin de la Historia, yo hablaría, junto con Seton, de un exceso de Historia o de una hiperhistoria. Falta una ética y una política a la altura de ese exceso de Historia y por eso hay una situación de angustia, miedo. Hay incertidumbre respecto de las formas políticas, hay una crisis del Estado pero no hay una alternativa que ya se defina. ¿Por qué? Este exceso de Historia constituye una desproporción respecto de nuestros hábitos, nuestra ética, y nuestras categorías políticas.

- Usted dijo que el concepto de multitud puede tener cierta familiaridad para los liberales porque allí se valora la individualidad. ¿Pero no cree que también los asusta porque ven en ella a una multitud comunista?

- Absolutamente. La idea de individuo de los liberales y la de singularidad de la multitud son como dos gemelos pero opuestos uno al otro. Son muy parecidos pero con dos significados profundamente distintos. Porque el liberal piensa que el individuo es el elemento primero y después se trata de comprender cómo el individuo actúa en relación a los otros y al Estado. Desde el punto de vista de la multitud, el individuo, la singularidad es el resultado de un proceso. Por eso se puede hablar con un viejo concepto filosófico de principio de individuación en el cual la singularidad es como el fruto, el resultado de un proceso de individuación, de diferenciación. Todos nosotros,usted, yo, somos singularidades irrepetibles, pero es así porque provenimos de elementos, por el contrario, universales, comunes. Como el tener, ambos, usted y yo, características que pertenecen a toda la especie: la facultad de lenguaje, de pensamiento. Que luego se singularizan. Por lo tanto, el individuo es un resultado de elementos comunes y universales.

- La multitud dice no a la democracia representativa y propone una democracia participativa. Pero de todos modos elige gobernantes. Vota en la Argentina, España, Estados Unidos... La gente todavía vota.

- Sí, ciertamente, vota. Vota como se hacen tantas otras cosas que no obstante no cuentan mucho. El problema no es no votar sino construir formas de democracia que estén a la altura de estas fuerzas productivas. La producción contemporánea ha llegado a un punto tal que es mucho más compleja, mucho más madura que los aparatos administrativos y legislativos de los Estados. Entonces, la cuestión es qué tipo de democracia se plantea. No se trata de una democracia simplificada, de asamblea, de democracia directa, sino al contrario. La democracia no representativa debería lograr traducir en política, en nuevas instituciones, lo que ya se ve en el plano de la producción global. Cuando se dice democracia no representativa es fácil pensar en el mito de la democracia directa, que naturalmente es un bello mito. Pero da la idea de una política simplificada y elemental. Por eso la cuestión es que esté a la altura de la complejidad de la producción social en la que se valorizan todas las capacidades cognitivas y comunicativas del animal humano, lo que Marx llamaba con una bella expresión el «General Intellect», el cerebro social en cuanto pilar de la producción moderna.

- Respecto de la toma del poder usted ha calificado de «enemigos» a aquellos que la reivindican. ¿Quiénes encarnan el papel de enemigo?

- Pienso que el problema del enemigo político todavía existe. Lo demuestra, por otra parte, que no estamos en un mundo más suave, más dulce. La multitud no tiene el problema de tomar el poder, tiene el problema en todo caso de limitarlo y hacer decaer al Estado construyendo instituciones y una esfera pública fuera de él. Entonces, desde ese punto de vista el enemigo está, pero se parece más al faraón del libro Exodo de La Biblia que persigue un éxodo, una fuga. No se trata de una fuga en el espacio. Es una fuga en el sentido de salir de las categorías de las instituciones estatales. Enemigo hay, pero ya no es el enemigo que está enfrente y ha constituido el modelo de las guerras civiles o está detrás de la idea de la toma del poder. Es un enemigo que traba, sabotea la construcción de democracia no representativa, de nuevas experiencias comunitarias.

- El multiculturalismo que atraviesa Occidente, ¿ayuda a la conformación de la multitud o es un obstáculo?

- El multiculturalismo que cuenta es el que se da en el interior de experiencias de lucha social y de construcción de nueva esfera pública. Una especie de deber ser kantiano multiculturalista corre el riesgo de ser como los buenos propósitos electorales. Puede haber un multiculturalismo virtuoso pero impotente. A mí lo que me parece importante es, en cambio, un discurso sobre las singularidades. Y la singularidad, no la liberal, sino la de la multitud, es justamente el resultado de muchos factores, algunos de ellos multiculturales. Pero lo que cuenta es cada Uno con todo su carácter irrepetible que es el fruto de ser, en todo caso un chino emigrado a California o un italiano en la Argentina. Pero ese cada Uno es el aspecto que cuenta, la valoración de su singularidad. Releyendo a Marx, hoy después de la crisis y el fin del socialismo, de esos regímenes dictatoriales y odiosos que fueron el socialismo real, viene a la mente que él es por muchos aspectos un pensador de la singularidad y su valorización. Hay frases en las que Marx dice: hay que valorizar lo individual frente a todas las abstracciones que hoy se le vienen encima. Una frase así hoy podría ser tomada por una frase de un liberal. Cuando en realidad significa lo opuesto.

- ¿Y el futuro de la clase obrera? ¿Cuál es su papel dentro de la multitud?

- La clase obrera existe. Sólo que tiene el modo de ser de la multitud y ya no el del pueblo. No hay que creer que porque se habla de multitud se ha dicho un largo adiós a la clase obrera. La clase obrera es un concepto científico. Quiere decir producir ganancia, plusvalía. El movimiento socialista y el comunista pensaron la clase obrera en términos de pueblo, algo compacto, unitario, que en el fondo quería constituir un nuevo Estado. En mi opinión, la clase obrera actualmente se piensa en términos de multitud, de singularidades ricas, pero siempre se trata de clase obrera.

- Y después de la invasión de Irak, ¿comienza la verdadera Historia, el opúsculo "después del Muro de Berlín"?

- Sí, exactamente, así es. Pienso que los 90 fueron años de espera, un interregno mientras que el verdadero después del Muro comienza recién con Bush y la invasión a Irak. Lo que un terrible teórico de la política, Carl Schmitt, llamaba el nomos de la tierra, el orden mundial. La redefinición de ese orden comenzó con la guerra en Irak, no con Clinton en los 90 que fue una tierra intermedia, un período de espera, como un entreacto.

- ¿No cree que el nuevo gobierno de Bush muestra dónde está el corazón del imperio y quiénes son sus jefes?

- Sí, pienso que muestra en suma lo que en el pensamiento de la política es decisivo: la relación de fuerza. Que se haya hablado durante tantos años de política sin pensar más en la relación de fuerza demuestra solamente que no se llegaba a pensar, a hablar realmente de política. Personalmente, en cuanto al concepto de imperio, tengo muchas dudas porque me parece un intento de fotografiar la situación post muro, la del fin del socialismo, tomando la administración Clinton como modelo. ¿Cuáles serán las nuevas palabras que deberán adoptarse para nombrar el nuevo orden mundial? Lo comprenderemos justamente a partir del desarrollo de las cosas post Irak, en los próximos años, en la relación con China. ¿Cómo decirlo? Estamos recién en el inicio de una redefinición de las formas de dominio mundial. Es muy prematuro ponerles una etiqueta como por ejemplo «Imperio».

- Usted pertenece a un grupo generacional italiano que luchó por la revolución. El Estado los reprimió, usted fue preso. ¿Está desilusionado con este mundo que debe vivir hoy? ¿Le habría gustado vivir en otra época?

- No. Digo sin reservas sí a mi presente. Lo que no significa aprobar el mundo tal como es. Lo considero extremadamente rico e interesante, pese a que sea dramático, trágico. Pienso que recién ahora algo como lo que hace tanto tiempo fue llamado comunismo se ha vuelto actual, una cuestión de sentido común. Para nada extremista. ¿Qué hacer, qué forma política y social dar a la naturaleza humana? Retomo una frase de Walter Benjamin que decía algo así: «Criticar el propio presente, sentir horror por algunos de sus aspectos pero adherir sin reservas».

- ¿Para usted cuál es el sentido de la palabra revolución hoy?

- Prescindiría quizá de la palabra revolución porque ése modelo fue el de tomar el poder y construir un nuevo Estado. Hablaría más bien de éxodo. Pienso que el modelo del éxodo es un modelo rico. Exodo significa, más que tomar el poder o someterse a él, salir. Salir significa construir un contexto distinto, nuevas experiencias de democracia no representativa, nuevos modos de producción. Se da una tercera posibilidad y no hablo, ¡por favor!, de «Tercera vía» sino de una política de la extinción del Estado construyendo en positivo, oponiendo la palabra república a la palabra Estado. Construyendo una república ya no estatal con un movimiento que está hecho más de éxodo, de experimentaciones en positivo que de revoluciones en el sentido clásico, que no obstante fueron una actividad inteligente de muchas generaciones pero que lleva la idea de construir un nuevo Estado. No tener que vérselas más con un monopolio de la decisión, quiere decir multitud: muchos, pluralidad.

- ¿Continuó observando a la Argentina después de la crisis de 2001, con este nuevo gobierno?

- Sí, he tratado de mantenerme lo más informado posible. Y sobre este nuevo gobierno, me interesaba mucho entender cómo funcionaría. Porque contiene en sí una ambivalencia: ¿Es posible que pueda abrir, aun involuntariamente, espacios constitucionales a los movimientos de lucha que se dieron en Argentina durante la crisis? Y, naturalmente, en otros aspectos, es un gobierno que debe reconciliarse con el orden mundial, con la globalización. Es un gobierno bifronte, como Jano. Me interesa mucho comprender concretamente la conducta de este gobierno. Me quedo por el momento con esta palabra en la boca: ambivalencia. Pero trato de comprender más.

9.4.06

Tesis sobre Fehuerbach















por Karl Marx*


[I] El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".

[II] El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.

[III] La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej., en Robert Owen).

La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.

[IV] Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No advierte que, después de realizada esta labor, queda por hacer lo principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme en las nubes como reino independiente, sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por tanto, lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por consiguiente, después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla.

[V] Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica.

[VI] Feuerbach diluye la esencia religiosa en la esencia humana. Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales. Feuerbach, que no se ocupa de la crítica de esta esencia real, se ve, por tanto, obligado:

A hacer abstracción de la trayectoria histórica, enfocando para sí el sentimiento religioso (Gemüt) y presuponiendo un individuo humano abstracto, aislado.

En él, la esencia humana sólo puede concebirse como "género", como una generalidad interna, muda, que se limita a unir naturalmente los muchos individuos.

[VII] Feuerbach no ve, por tanto, que el "sentimiento religioso" es también un producto social y que el individuo abstracto que él analiza pertenece, en realidad, a una determinada forma de sociedad.

[VIII] La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica.

[IX] A lo que mas llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la "sociedad civil".

[X] El punto de vista del antiguo materialismo es la sociedad "civil; el del nuevo materialismo, la sociedad humana o la humanidad socializada.

[XI] Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.


*Escrito en alemán por Karl Marx en la primavera de 1845. Fue publicado por primera vez por Friedrich Engels en 1888 como apéndice a la edición aparte de su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

5.4.06

La Caballeria andante del Precariado

“Se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”. Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
En un lugar de la Bota italiana, de cuyo nombre no quiero acordarme, viven unos caballeros de militancia probada, pelambreras escasas y canosas, con experiencias carcelarias y solvencia intelectual. Más cerca de los sesenta que de los cincuenta, incluso sobrepasándolos, cargados de años, estos caballeros alguna vez fueron jóvenes y participaron en la gran batalla del asalto proletario a los cielos, allá por los años setenta del pasado siglo. Tras la derrota fueron encerrados en las mazmorras del Estado, o emprendieron el camino forzado del exilio. Con una desmedida afición a leer, pensar, escribir y a pasear por las nubes, disponiendo de horas de sobra debido al obligado confinamiento, les dio por inventar realidades alucinatorias, o lo que es lo mismo: comenzaron a mirar y a decir la realidad desde sus propias atalayas.
Al tiempo que siguió a los “años de plomo” se le llamó década de la reconversión: nueva organización del trabajo -facilitada por el dominio tecnológico- para reconvertir la clase trabajadora en individuos sometidos a un mercado laboral fragmentado en mil pedazos, con intereses dispares y corporativos. Una clase que perdió su cultura emancipatoria, la capacidad de erigirse en el centro político de un movimiento subversivo, y la de encarnar al sujeto revolucionario. El suelo de las convicciones más profundas se hundió; perdidas las escaleras, la gente sólo tenían brochas para agarrarse. La fábrica como fortaleza obrera, como buque insignia de la guerra de clases fue tocada y hundida. Con Marx, más allá de Marx, releyeron el “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse:
“El robo del tiempo de trabajo ajeno sobre el cual se apoya la actual riqueza se presenta como una base miserable respecto a esta nueva base (el sistema de máquinas automatizadas) que se ha desarrollado mientras tanto, siendo creada por la misma gran industria. Apenas el trabajo en forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo cesa y debe cesar de ser su medida, y por consiguiente, el valor de cambio debe cesar de ser la medida del valor de uso”.
Entre los barrotes de la cárcel los hidalgos caballeros encontraron la tabla de salvación donde sujetarse. En el último tercio del siglo XX, ya se podía constatar como realidad empírica la intuición marxiana del “Fragmento”, por el cual, el saber abstracto -que alimenta el aparato tecnocientífico- se convierte en la principal fuerza productiva. Marx lo llama el general intellect. Desde entonces, la contradicción entre un proceso productivo que gira en torno al conocimiento (la principal máquina herramienta es el cerebro) y la unidad de medida de la riqueza coincidente con la cantidad de trabajo incorporada a la mercancía o el servicio, sólo puede llevar al “derrumbe de la producción basada sobre el valor de cambio” y, por lo tanto, al “comunismo”. Eso decía un Marx tecnófilo hijo del Progreso y a ello se apuntaron sus epígonos italianos, añadiéndole al determinismo económico otra forzada determinación: la del sujeto o de los sujetos encarnados en la multitud. Si para Marx el desarrollo de las fuerzas productivas nos llevaría a las puertas del comunismo, la alucinación post-operaísta italiana consiste en sustituir la desmantelada lucha de la clase obrera por la multitud como sujeto político de la lucha de clase; “la clase de las singularidades productivas, la clase de los obreros del trabajo inmaterial” (Negri). A rey muerto, rey puesto; el proletariado será sustituido por el precariado, destacando como actores principales los trabajadores del conocimiento y las comunicaciones, para los que se han inventado un palabro que suena a pedrada: cognitariado.
Marx supo ver, en las primeras andanzas de la automatización industrial, el desplazamiento de la “generación” de riqueza desde el trabajo manual a la máquina dirigida por el saber abstracto; pero este corrimiento no cuestiona su aportación central a la teoría del valor, que siempre funcionó a la “pata coja”: para él, la fuente de toda riqueza es el trabajo no la naturaleza. Así se explica la progresiva degradación ambiental del planeta conforme la automatización del proceso productivo se ha convertido en el hecho dominante; es el triunfo rotundo de la tecnología, del general intellect. Dicho saber abstracto organizado y dirigido por el Estado y las empresas (escuelas, institutos, universidades, laboratorios, etc.) precisa de la sabiduría popular y de la cooperación social, de una movilización general para su funcionamiento. Y es en la cooperación social, en dicha relación donde los hidalgos italianos observan el tránsito de subjetividades latentes, que de forma determinante pueden cambiar el signo de las dominaciones. En esta visión alucinatoria, el Imperio es la última forma de dominio para contener a un desbordante comunismo.
El capitalismo industrial, en sus primeros pasos, logró arrebatar a los artesanos la dirección de su trabajo obligándoles a cómo y qué producir. El conocimiento de un oficio, fruto del saber social de varias generaciones y de años de aprendizaje fue relegado, puesto a disposición de los jefes de producción, los ingenieros y el personal directivo. El saber social dominado por un saber abstracto era todavía la fuente principal de conocimiento, y estaba ligado de forma imprescindible a la fuerza de trabajo. Con la mecanización y automatización el obrero de oficio es despojado de sus habilidades y saberes, el aparato tecnológico que dirige la producción puede prescindir de ellos: la máquina sustituye a la mano de obra, el saber social es aprehendido, subsumido y dirigido por el capital. Si en siglos anteriores, la pérdida de bienes comunales y la extensión del trabajo asalariado provocaron la merma de autonomía de la gente, la tragedia del siglo XXI es la proletarización del conocimiento; un dominado general intellect convertido en la principal fuerza productiva del capitalismo postfordista. Sin embargo, lo que nos puede parecer a simple vista una cadena formada por duros eslabones -general intellect, aparato tecnológico y forma-Estado-, capaces de garantizar el dominio capitalista como el medio ambiente de la vida que nos obligan a vivir, para los viejos hidalgos y sus jóvenes seguidores, ese general intellect “es la base material para acabar con la sociedad de la mercancía y con el Estado” (Virno).
La realidad que nos impone el capital es dura y cruel; la soledad, los miedos y la tristeza perfilan un horizonte, no de futuro, si no de eterno presente. Va perdiendo fuerza la venta de esperanza, de paraísos, les basta con hacer navegable la nave, el planeta, el capitalismo; de ahí la importancia de la sostenibilidad, la eterna plegaria de los que viven con cierto acomodo en tiempos de zozobra: ¡Dios mio, por lo menos que me quede como estoy! Si no gusta esta realidad puede combatirse, pero nunca reinventarla con fantasías de caballeros andantes: los molinos son molinos y los gigantes, gigantes. El general intellect es lo que es, no lo que nosotros quisiéramos que fuera. Una cosa es el saber social fruto de las experiencias de la vida puestas en común (habilidades, técnicas, errores, aciertos, conocimientos, afectos, sentimientos, expresiones...) y otra el bautizado por Marx como general intellect, creador y a su vez criatura del aparato científico- tecnológico, que precisa para su voraz alimentación de la sabiduría popular.
Dos siglos de general intellect al servicio de la (re)producción capitalista han socavado las bases materiales del saber social: los vínculos sociales de las comunidades humanas y las relaciones de interdependencia y conocimiento con el medio natural donde habitan. Saberes ligados a las características de las cuencas físicas -al suelo, el agua, el clima-; saberes aprendidos con los cinco sentidos; saberes acumulados para vivir, no sólo para trabajar; saberes en el que la gente enseña y aprende, en el que la información y el conocimiento de poco sirven si no nos hacen más sabios; saber que no es tal si no se comparte, que no se obtiene sin el vínculo de la cooperación social. Con el saber abstracto y sus aplicaciones tecnológicas los vínculos sociales de la gente que hacen comunidad han ido desapareciendo, y lo que es peor, sustituidos por otros basados en el miedo, en la demanda de seguridad; vínculos directos y voluntarios entre el individuo y el Estado. El conocimiento del hábitat humano, de sus particularidades y limitaciones, del saber que nos aporta han sido reemplazados en dos centurias por la enseñanza reglada, los expertos y un aparato técnico-científico al servicio de una producción que no conoce límites, en tanto que producción de una relaciones sociales de dominio. La peor de las pesadillas es la que nos enfrenta al espejo y en él vemos reflejadas las armas del enemigo que son las nuestras. La época triunfadora del general intellect no es una fiesta (ningún tiempo anterior lo fue) por mucho que se empeñen, desde sus respectivas atalayas, los postmodernos capitalistas o los neo-operaístas de las multitudes; tras su implantación, como un paseo militar por la historia, va dejando a su paso millones y millones de vidas precarias.
Lejos de ser una construcción política del capital, el general intellect convertido en la principal fuerza productiva en el postfordismo, a los ojos de la caballería andante del precariado, es el fruto más preciado de la subjetividad social. Al determinismo económico marxiano se le añade el determinismo de la subjetividad. Demasiado peso para cualquier alforja. En el mundo de los sentimientos y los deseos suele alojarse la “irreductible” subjetividad humana. Sentimientos individualizados e irrefrenables, deseos infinitos que hacen de cada persona un mundo. La subjetividad, dicen, es irreductible porque forma parte de la condición humana. Y la intersubjetividad se produce mediante las relaciones sociales que se establecen entre los seres humanos. No hay que olvidar que las personas son seres sociales. Pero las relaciones sociales, los vínculos que se crean también pueden ser obras del poder, moldeando los sentimientos y deseos personales, incluso la capacidad de pensar. Cuando expresamos amor a otra persona, nuestra forma de comportarnos ¿cuanto debe a la factoría cinematográfica ? Y los deseos ¿parten exclusivamente de nuestro fuero interno, o los fabrica la publicidad? Criados en la respuesta binaria del ordenador a todas las preguntas, ¿cuanto tiempo tardará el pensamiento humano en dejar de ser como un árbol frondoso de infinitas ramas?
Tienen algo en común los abanderados de las multitudes y los sujetos irreductibles, con aquellos que sitúan la domesticación del sujeto como hecho probado tras el dominio tecnológico. Tecnófilos y tecnófobos añoran a la clase obrera portadora por excelencia del sujeto revolucionario en el pasado siglo XX. “Si el capital ha puesto la vida a trabajar, el ámbito de la producción abarca al conjunto de la reproducción social, por lo que el trabajo no ocupa ya en el centro sino que lo es todo; el sujeto se hace plural, la clase obrera deviene en multitud”. Esta es la cantinela, el rosario de cuentas que acompaña al rezo de la nueva caballería andante. La añoranza del proletariado también resuena en la crítica libertaria o situacionista adornadas con plumajes tecnófobos, que certifican la domesticación obrera a manos de la tecnología y auguran un negro por-vernir. Pero todavía sueñan con que algún día el buen salvaje se rebele y deje de ser fiera amaestrada; es por ello que en su rancia escritura los términos masas y proletariado permanecen. Más allá de la domesticación de una clase social, a lo que asistimos es a la desaparición de ella, de sus cultura, lazos e intereses comunes. El oprobio, la explotación y el dominio social continúan, pero el trabajo ha perdido su centralidad política, ha dejado de ser EL LUGAR donde afloran las subjetividades, el espacio por excelencia para agregarse y plantar cara al capital. El trabajo material o inmaterial, en la fábrica, en la oficina o en casa ha dejado de ser el centro de nuestras vidas; lo que prima hoy es la realización personal en el marco de un proyecto común en el que aspiramos a estar incluidos, aunque tengamos que forzarnos constantemente luchando contra la exclusión que es la muerte. El capital quiere confundirse con la vida y el general intellect funcionar como su sistema nervioso.
En la vieja caballería andante del proletariadocabalgamos juntos siendo jóvenes y autónomos, pero hace muchos años que nos quedamos sin proletariado. Algunos viejos compañeros decidieron sustituir proletariado por precariado, e incluso señalar como vanguardia al cognitariado, palabro horrendo que quiere designar a los que curran con el intelecto en situaciones laborales precarias. A los viejos compañeros de viaje le salen franquicias jóvenes con discursos ininteligibles para la mayoría de las personas, lo que les hace parecer vanguardias, cuando sus alternativas para hoy (renta básica, ciudadanía universal, software libre, etc...) son el equivalente a las propuestas social-demócratas de finales del siglo XIX, acompañadas por ensoñaciones de molinos y gigantes. Nuevo y vistoso embalaje par el viejo chocolate del loro. Tamaña son las ensoñaciones, que un histórico compañero italiano de visita por la capital del Reino, se atrevió a definir lo ocurrido entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, como la “Comuna de Madrid”, no se si “fumado” o “alegrado”sus oídos por las nuevas franquicias. Que yo sepa, en dichas fechas, nadie disparó sus fusiles contra el reloj de la Puerta del Sol.
Es hora de hablar, de gritar para que no nos confundan: no creo en el precariado, ni en la multitud como nuevo sujeto revolucionario o histórico de un proceso constituyente; no creo en nada, ni mantengo esperanza para alcanzar otros mundos posibles. Vivo en condiciones precarias y por eso odio la vida lo que me provoca un malestar que me obliga a luchar, y en esa lucha, soy feliz con los amigos. Puede parecer poco pero es mucho.
Granada, julio-septiembre de 2004.

3.4.06

¿Del salariado al precariado?


Resumen de artículos de Evelyne PERRIN (AC!, Stop Précarité) *
Desde hace quince o veinte años, la importante conmoción que ha sacudido violentamente la economía y al empleo en Francia y otros países, ha entrañado una transformación en profundidad del mundo salarial del período fordista. Hemos asistido a una lenta aunque segura revisión del modelo de empleo “para toda la vida” con contrato indefinido a tiempo completo y de las carreras de larga duración en el seno de las empresas, modelo que aseguraba una movilidad social ascendente. Hoy, es la progresión constante de las formas de empleo llamadas especiales, tiempo parcial obligado, contratos de tiempo determinado y de interinidad lo que caracteriza el nuevo acceso en el mercado de trabajo.
Según la encuesta de empleo del año 2003 del INDEE, habría 428.000 interinos, es decir el 2%, de 25,1 millones de trabajadores, casi 2 millones de CDD, el 9%, y 273.000 aprendices, el 1,3%, por tanto el 12,5% de los trabajadores no disponen mas que de un estatus precario, es decir, solo cuentan con ingresos aleatorios y sus horizontes de vida son a corto plazo...
Luchas de precarios y compromiso
Los trabajadores, principalmente los jóvenes, supeditados a normas de trabajo flexible y de degradación de su estatuto de trabajo se ven cada vez mas obligados a defenderse y organizarse no solo en el seno de los sindicatos, sino también al margen de ellos, creando sus propios instrumentos de lucha. En efecto, los sindicatos se debilitan por el incremento de las llamadas formas especiales de empleo (CDD, interinos, cursillos, tiempo parcial de aprendizaje), y la inestabilidad y la movilidad que ello conlleva para los trabajadores, por la disgregación de los colectivos de trabajo, la rotación contractual, el miedo a la no renovación del contrato o la tarea, y también por sus propias dificultades para representar y defender a los trabajadores precarios debido a la carencia de un proyecto coherente de renovación de garantías colectivas de los trabajadores.
Así, en las luchas recientes de los trabajadores de comida rápida, del comercio o de la limpieza, los empleos jóvenes o los discontinuos del espectáculo aparecen colectivos de afiliados, coordinadoras entre afiliados y no afiliados, comités de apoyo ad hoc, que agrupan a los militantes de diversos sindicatos y asociaciones sobres bases interprofesionales e interasociativas. Estos colectivos o comités se adelantan al trabajo sindical, y a veces lo sustituyen o le sirven de aguijón. Al mismo tiempo, estos contribuyen a renovar las lineas de acción de los trabajadores e ilustran la crisis de las formas de afiliación tradicionales y de organización sindical y política que las reproducen.
Movilizaciones de precarios del comercio, comida rápida y limpieza
En los años 2000-2003 se ha dado en la región parisina una fuerte combatividad puesta de manifiesto en huelgas masivas y mediatizadas por los trabajadores que se designan como “precarios” en diferentes sectores tales como el comercio, la comida rápida o la limpieza. Tras el vocablo común de “precarios”, la situación de los agentes referidos, su condición de precariedad es muy diferente y también las razones por las que entran en la lucha. A pesar de ello, las uniones entre estas luchas se han producido, y una cierta “conciencia de clase” común a parecido emerger en algunas ocasiones. Al mismo tiempo las similitudes han aparecido en las formas de lucha, principalmente con el nacimiento de los comités de apoyo exteriores muy importantes y continuos.
Querríamos desarrollar los resortes específicos de estas diferentes luchas, exponer las razones que puedan explicar su decisión y su duración, y tratar de despejar las características comunes que hemos podido observar, en los registros de acciones de movilización, y las relaciones de los huelguistas con los apoyos exteriores, sindicatos y comités de apoyo.
Las múltiples facetas de la precariedad
Como bien ha demostrado Serge Paugam, el sentimiento de precariedad puede existir bajo una variedad de estatuto de empleo. Esta es muy evidente en el caso de un trabajador interino o con CDD por razón de la brevedad de su contrato o su tarea y de la incertidumbre del futuro que conlleva, un trabajador con CDI a tiempo parcial se sentirá precario por el hecho de la insuficiencia de su salario. La rotación contractual erigida en sistema de gestión de la mano de obra por numerosas empresas crea también un sentimiento de inseguridad profesional. Por ultimo, como hemos podido comprobar en las recientes huelgas de los trabajadores del comercio con CDI a tiempo completo el sentimiento de ser precario puede nacer del sentimiento de la perdida de categoría y de infravalorización profesional unida al desfase entre los diplomas y las competencias y la remuneración o el reconocimiento de la cualificación.
Esto entraña la difusión de un sentimiento de precariedad entre numerosos trabajadores con estatutos muy diversos, desde el mas diplomado que puede haber elegido una cierta precariedad digamos satisfactoria, al trabajador de origen inmigrante reciente que se encuentra desempeñando un empleo de limpieza en el puesto mas bajo de la jerarquía salarial, pasando por el trabajador de Mc Do con CDI a tiempo parcial y por un empleado de la FNC con CDI a tiempo completo pero remunerado en torno al SMIC.
La precariedad laboral es un obstáculo importante para la afiliación sindical y la movilización colectiva: cuando estamos temporalmente en una empresa, apenas tenemos tiempo de sindicarnos, aceptamos las condiciones de trabajo sin rechistar, y cuando tenemos un CDD y esperamos un CDI, o en interinidad, puede ser peligroso afiliarse o mostrarse reivindicativo. Además la precariedad se asocia a menudo cualificaciones bajas y a un mínimo capital social.

* Traducción de Soledad Pérez

28.1.06

Cuatro horas en Chatila por Jean Genet



Traducción: Antonio Martínez Castro para el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe
Presentación de Jean Genet: nació en París en 1910. Abandonado por su madre, ingresa por primera vez en 1920 en un reformatorio, acusado de robo. Marginal, desertor de la Legión Extranjera, viajero, marinero y delincuente, Genet redactará en los años 40 sus primeras y magistrales obras (Notre-Dame des Fleurs, Le Miracle de la rose, Haute surveillance) en las prisiones francesas, hasta que escritores e intelectuales de su país (Sartre y Cocteau, entre otros) le reivindican como la nueva figura literaria de Francia y logran que le sea concedida la gracia presidencial en 1947. Después vendrán la publicación de L'enfant criminel o Le Journal du voleur, en 1949, y nuevos procesos, esta vez por atentado contra la moral. Homosexual declarado y reivindicativo, Genet apoyará con gran valentía las causas de los desheredados y de los pueblos: a las Panteras Negras en los propios EEUU, adonde viaja en 1969 para hacer campaña a favor de la liberación de sus presos; a los palestinos, conviviendo con sus refugiados y guerrilleros en Jordania y el Líbano entre 1970 y 1972, experiencia y compromiso (frente a una izquierda francesa mayoritariamente filosionista) que narrará en Un captif amoureux. Genet está en Beirut cuando en septiembre de 1982 entra el Ejército israelí y se producen las matanzas en Sabra y Chatila, por donde pasea a las pocas horas de producidas, cuando los cadáveres aún no han sido retirados de sus callejuelas. Escribirá "Cuatro horas en Chatila", un testimonio políticamente contundente y de una bellaza sobrecogedora que será publicado en Francia en la Revue d'études Palestiniennes y cuya primera traducción al castellano se ha realizado para CSCAweb. Genet murió en 1986.
"(...) De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto, venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de un hombre de unos cincuenta o sesenta años. Habría tenido una corona de cabellos blancos si una herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado. El cinturón estaba desabrochado, el pantalón se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y malva: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela inmediatamente a la derecha de la entrada del campo de Chatila que está frente a la embajada de Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total?"


Cuatro horas en Chatila de Jean Genet

"En Chatila, en Sabra, unos no-judíos han masacrado a unos no-judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?"
Menahem Begin, primer ministro de Israel en 1982 ante el Parlamento israelí
Nadie, ni nada, ni ninguna técnica narrativa, dirán lo que fueron los seis meses que pasaron los fedayines en las montañas de Yeras y de Ashlun en Jordania, sobre todo en las primeras semanas. Otros han dado cuenta de los hechos y han establecido la cronología, los logros y los errores de la OLP. Se podrá describir el aspecto del tiempo y el color del cielo, de la tierra y de los árboles, mas nunca transmitir la ligera borrachera, la marcha sobre el polvo, el estallido en los ojos, la transparencia de la relación entre fedayines y de éstos con sus jefes. Todo, todos, bajo los árboles, vibraban, reían, maravillados por una nueva vida para todos, y en aquellas vibraciones había algo sorprendentemente fijo, al acecho, reservado, protegido como alguien que reza sin decir nada. Todo era de todos. Cada uno en sí mismo estaba solo. Quizá no. En suma, sonrientes e inquietos. La región jordana donde se habían retirado, siguiendo una decisión política, era el perímetro que iba de la frontera siria a As-Salt y estaba delimitado en profundidad por el Jordán y la carretera de Yeras a Irbid. Alrededor de sesenta kilómetros de largo y una profundidad de veinte en un territorio muy montañoso cubierto de encinas verdes y villorrios jordanos de cultivos muy pobres. Bajo los bosques y las tiendas camufladas los fedayines habían dispuesto unidades de combate y armas ligeras y semipesadas. Una vez en el lugar, dirigida la artillería principalmente contra las eventuales operaciones jordanas, los jóvenes soldados se ocupaban de las armas, las desmontaban para limpiarlas, engrasarlas y las montaban a toda velocidad. Algunos lograban montar y desmontar las armas con los ojos vendados a fin de entrenarse para la noche. Entre cada soldado y su arma se había establecido una relación amorosa y mágica. Como los fedayines habían dejado hacía poco la adolescencia, el fusil en cuanto arma era el signo de la virilidad triunfante, y aportaba la certeza de ser. La agresividad desaparecía: la sonrisa mostraba los dientes.El resto del tiempo, los fedayines bebían té, criticaban a sus jefes y a la gente rica -- palestinos y otros --, insultaban a Israel; pero más que nada hablaban de la revolución, de aquella que hacían y de aquella que iban a emprender.Para mí, esté en un título, en el cuerpo de un artículo o en un panfleto, la palabra palestinos evoca inmediatamente a los fedayines de un lugar preciso -- Jordania -- y en una época que podemos datar fácilmente: octubre, noviembre, diciembre del 70, enero, febrero, marzo, abril de 1971. Entonces y allí es donde conocí la Revolución palestina. La extraordinaria evidencia de lo que pasaba, la fuerza de esa dicha de ser, también se denomina belleza.Pasaron diez años y no supe nada de ellos, salvo que los fedayines estaban en el Líbano. La prensa europea hablaba de los palestinos despreocupadamente, incluso con desdén. Y, de repente, Beirut Oeste.* * *Una fotografía tiene dos dimensiones, la pantalla de un televisor también, ni la una ni la otra pueden recorrerse. De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos. Su olor es sin duda familiar a los ancianos: a mí no me incomodaba. Pero cuántas moscas. Si levantaba el pañuelo o el periódico árabe puesto sobre una cabeza, las molestaba. Enfurecidas por mi gesto, venían en enjambre al dorso de mi mano y trataban de alimentarse ahí. El primer cadáver que vi era el de un hombre de unos cincuenta o sesenta años. Habría tenido una corona de cabellos blancos si una herida (un hachazo, me pareció) no le hubiera abierto el cráneo. Una parte ennegrecida del cerebro estaba en el suelo, junto a la cabeza. Todo el cuerpo estaba tumbado sobre un charco de sangre, negro y coagulado. El cinturón estaba desabrochado, el pantalón se sujetaba por un solo botón. Las piernas y los pies del muerto estaban desnudos, negros, violetas y malvas: ¿quizá fue sorprendido por la noche o a la aurora?, ¿huía? Estaba tumbado en una callejuela inmediatamente a la derecha de la entrada del campo de Chatila que está frente a la embajada de Kuwait. ¿Cómo los israelíes, soldados y oficiales, pretenden no haber oído nada, no haberse dado cuenta de nada si ocupaban este edificio desde el miércoles por la mañana? ¿Es que se masacró en Chatila entre susurros o en silencio total?Las fotografías no captan las moscas ni el olor blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro.Si miramos atentamente un muerto, sucede un fenómeno curioso: la ausencia de vida en un cuerpo equivale a la ausencia total del cuerpo o más bien a su huida ininterrumpida. Aunque nos acerquemos, creemos que no lo tocaremos nunca. Eso si lo contemplamos. Pero si hacemos un gesto en su dirección, nos agachamos junto a él, le movemos un brazo, un dedo, de repente se vuelve presente e incluso amigo.El amor y la muerte. Estos dos términos se asocian muy rápidamente cuando se escribe sobre uno de ellos. Me ha hecho falta ir a Chatila para captar la obscenidad del amor y la obscenidad de la muerte. Los cuerpos, en ambos casos, no tienen nada que esconder: posturas, contorsiones, gestos, expresiones, incluso los silencios pertenecen a uno y otro mundo. El cuerpo de un hombre de treinta a treinta y cinco años estaba tumbado boca abajo. Como si todo el cuerpo no fuese más que una vejiga con forma humana, se había hinchado bajo el sol y por la química de la descomposición hasta inflar el pantalón, que amenazaba con estallar en las nalgas y en los muslos. La única parte de su rostro que pude ver era violeta y negra. Un poco más arriba de la rodilla, bajo la tela desgarrada, el muslo mostraba un tajo. Origen del tajo: ¿una bayoneta, un cuchillo, un puñal? Unas moscas en la herida y otras alrededor. La cabeza, más grande que una sandía -- una sandía negra. Pregunté su nombre, era musulmán.-- ¿Quién es?-- Palestino -- me respondió en francés un hombre de unos cuarenta años--. Vea lo que le han hecho.Tiró de la manta que cubría los pies y una parte de las piernas. Las pantorrillas estaban desnudas, negras e hinchadas. Los pies, calzados con botines negros desatados, y los tobillos atados fuertemente con el nudo de una soga -- visiblemente resistente -- de aproximadamente tres metros de largo, que yo colocaba para que la señora S. (americana) pudiese fotografiar con precisión. Pregunté al hombre de cuarenta años si podía ver la cara.-- Si quiere véalo, pero usted mismo.-- ¿Quiere ayudarme a girarle la cabeza?-- No.-- ¿Lo han arrastrado por las calles con esta cuerda?-- No lo sé, señor.-- ¿Quién lo ha atado?-- No lo sé.-- ¿La gente del comandante Haddad?-- No lo sé.-- ¿Los israelíes?-- No lo sé.-- ¿Los kataeb?-- No lo sé.-- ¿Lo conocías?-- Sí.-- ¿Lo has visto morir?-- Sí.-- ¿Quién lo ha matado?-- No lo sé.Se alejó del muerto y de mí rápidamente. De lejos me miró y desapareció por una callejuela transversal.¿Qué calle cogería ahora? Estaba acosado por hombres de cincuenta años, por jóvenes de veinte, por dos viejas señoras árabes, y tenía la impresión de estar en el centro de una rosa de los vientos cuyos rayos contuvieran cientos de muertos.Anoto esto ahora, en este punto de mi narración, sin saber del todo por qué: "Los franceses tienen la costumbre de emplear la sosa expresión "trabajo sucio", pues bien, igual que el Ejército israelí ha encargado "el trabajo sucio" a los kataeb, o a la gente de Haddad, los laboristas han hecho rematar "el trabajo sucio" al Likud, Begin, Sharon, Shamir". Cito a R., periodista palestino, todavía en Beirut, el domingo 19 de septiembre.En medio, cerca de ellas, de todas las víctimas torturadas, mi espíritu no puede deshacerse de esta "visión invisible": ¿cómo era el torturador? ¿quién era? Lo veo y no lo veo. Me arranca los ojos y su forma será para siempre la que dibujan las poses, posturas, gestos grotescos de unos muertos devorados al sol por nubes de moscas.Al irse tan rápido (¡los italianos, llegados en barco con dos días de retraso, salieron en aviones Hércules!), los marines americanos, los paracas franceses y los bersaglieri italianos que constituían la fuerza de interposición del Líbano, un día o treinta seis horas antes de su partida oficial, como si huyeran, en la víspera del asesinato de Bechir Gemayel, ¿se equivocan acaso los palestinos al preguntarse si americanos, franceses e italianos habían sido advertidos de que hacía falta largarse para no verse involucrados en la explosión de los kataeb?-- Se han ido muy rápido y muy pronto. Israel se jacta y presume de su eficacia en el combate, de la preparación de sus compromisos, de su habilidad para aprovechar las circunstancias. Veamos: la OLP deja Beirut gloriosamente, en un navío griego, con una escolta naval. Bechir, escondiéndose como puede, visita a Begin en Israel. La intervención de los tres Ejércitos (americano, francés, italiano) cesa el lunes. El martes Bechir es asesinado. El [Ejército israelí] Tsahal entra en Beirut Oeste el miércoles por la mañana. Como viniendo del puerto, los soldados israelíes suben hacia Beirut la mañana del entierro de Bechir. Desde el octavo piso de mi casa, con unos gemelos, los vi llegar en fila india: una sola fila. Me extrañé de que no pasase nada puesto que un buen fusil de mira telescópica debería haberlos abatido a todos. Su ferocidad los precedía.Los carros tras ellos. Después los jeeps.Cansados de una tan larga marcha matutina, se pararon cerca de la embajada de Francia, dejando que los tanques los precedieran, entrando de lleno en Hamra. Los soldados espaciados de diez en diez metros, se sentaron en la acera, el fusil apuntado al frente, la espalda apoyada en la pared de la embajada. El torso muy grande, me parecían boas que tuviesen dos piernas extendidas ante ellos."Israel se había comprometido ante el representante americano, Habib, a no poner los pies en Beirut Oeste y sobre todo a respetar las poblaciones palestinas de los campos de refugiados. Arafat tiene todavía la carta en la que Reagan le promete lo mismo. Habib habría prometido a Arafat la liberación de nueve mil presos en Israel. El jueves empiezan las matanzas de Chatila y Sabra. ¡El "baño de sangre" que Israel pretendía evitar aportando orden a los campos !"... me dice un escritor libanés."Será muy fácil para Israel librarse de todas las acusaciones. Ya los periodistas de todos los periódicos europeos se ocupan de excusarlos: ninguno dirá que durante las noches del jueves al viernes y del viernes al sábado se hablaba hebreo en Chatila". Esto me lo cuenta otro libanés.La mujer palestina -- puesto que yo no podía salir de Chatila sin ir de un cadáver a otro y este juego de la oca conduciría fatalmente a este prodigio: Chatila y Sabra arrasadas por la batalla de las inmobiliarias con el fin de reconstruir sobre este llanísimo cementerio -- la mujer palestina probablemente era mayor, puesto que tenía el pelo gris. Estaba tumbada de espaldas, depositada o dejada sobre sillares, ladrillos, barras de hierro torcidas, sin confort. Antes de nada me sorprendí por una extraña trenza de cuerda y tela que iba de una muñeca a la otra, manteniendo así los dos brazos abiertos en horizontal, crucificados. La cara negra e hinchada, levantada hacia el cielo, mostraba una boca abierta, negra de moscas, con dientes que me resultaron muy blancos, una cara que parecía, sin que un músculo se moviese, o bien hacer muecas o bien sonreír o proferir un alarido silencioso e ininterrumpido. Sus medias eran de lana negra; el vestido de flores rosas y grises, ligeramente remangado o demasiado corto, no lo sé, dejaba ver lo alto de las pantorrillas negras e hinchadas, siempre con delicados tintes semejantes al malva y al violeta de las mejillas. ¿Eran hematomas o el efecto natural de la putrefacción al sol?-- ¿Le han pegado con la culata?-- Mire, señor, mire sus manos.No me había fijado. Los dedos de las dos manos estaban desplegados en abanico y los diez estaban cortados con una cizalla de jardinero. Los soldados, riendo como niños y cantando alegremente, se habían divertido descubriendo esta cizalla y utilizándola.-- Mire, señor.Las puntas de los dedos, las falanges con la uña, yacían en el polvo. El hombre joven que me mostraba, con naturalidad, sin ningún énfasis, el suplicio de los muertos, recubrió tranquilamente con una tela la cara y las manos de la mujer palestina, y con un cartón rugoso sus piernas. Yo ya no distinguía más que un montón de telas rosas y grises sobrevolado por moscas.Tres jóvenes me llevaban a una callejuela.-- Pase, señor, nosotros lo esperamos fuera.La primera habitación era lo que quedaba de una casa de dos pisos. Habitación muy tranquila, acogedora incluso, un intento de felicidad, quizá una felicidad lograda con restos, con lo que sobrevivió de musgo en un trozo de muro destruido, con lo que en un primer momento creí ser tres sillones, de hecho tres asientos de coche (tal vez un Mercedes de desguace), un sofá con cojines tapizados con una tela de flores de colores chillones y dibujos estilizados, una pequeña radio silenciosa, dos candelabros apagados. Una habitación bastante tranquila, alfombrada de cartuchos gastados... Una puerta batió como si hubiese una corriente de aire. Avancé sobre los cartuchos y empujé la puerta que se abría hacia fuera y que tuve que forzar: el tacón de una bota me impedía pasar, tacón de un cadáver tumbado de espaldas junto a cadáveres de otros hombres tumbados boca abajo, y reposando todos sobre una alfombra de cartuchos. Casi tropiezo varias veces.Al final de esta habitación otra puerta estaba abierta, sin cerradura, sin pestillo. Saltaba los muertos como si fuesen fosos. La habitación contenía, amontonados en una sola cama, cuatro cadáveres de hombres, apilados, como si cada uno se hubiese preocupado de proteger al que tenía debajo o como si hubiesen sido poseídos por un celo erótico en descomposición. Esta pila de cuerpos olía fuerte, pero no mal. El olor y las moscas parecían habituarse a mí. Yo no molestaba ya a nadie en estas ruinas imperturbables.-- Durante las noches del jueves al viernes, del viernes al sábado y del sábado al domingo, nadie los ha velado, pensé.Sin embargo sentía que alguien había pasado por allí antes que yo y después de la masacre.Los tres jóvenes me esperaban bastante lejos de la casa y con un pañuelo en las narices. Fue entonces, saliendo de la casa, cuando tuve un ataque de ligera locura que a poco me hace sonreír. Me dije que nunca habría suficientes planchas y tablas para los ataúdes. Pero, ¿para qué ataúdes? Los muertos y muertas eran todos musulmanes que se envuelven en sudarios. ¿Cuántos metros de tela harán falta para amortajar a tantos muertos? ¿Cuántas oraciones? Lo que faltaba en este lugar, me di cuenta, era la salmodia de las oraciones.-- Venga, señor, venga.Es tiempo de escribir que esta repentina y momentánea locura que me hizo calcular metros de tejido blanco dio a mi paseo una viveza casi alegre, y que la causó quizá la reflexión escuchada la víspera a una amiga palestina.-- Esperaba que me trajesen mis llaves (¿qué llaves?: las de su coche, las de su casa, sólo sé la palabra llaves), un viejo pasó corriendo.-- ¿Adónde vas?-- A buscar ayuda. Soy el enterrador. Han bombardeado el cementerio. Todos los huesos de los muertos están al descubierto. Hay que ayudarme a recoger los huesos.Esta amiga creo que es cristiana. También me dijo:"Cuando la bomba de vacío -- llamada de implosión -- mató a doscientas cincuenta personas, nosotros sólo teníamos una caja. Los hombres cavaron una fosa común en el cementerio de la iglesia ortodoxa. Llenábamos la caja e íbamos a vaciarla. Íbamos y veníamos bajo las bombas, retirando los miembros y cuerpos como podíamos".Desde hacía tres meses las manos tenían una doble función: por el día, coger y tocar, por la noche, ver. Los apagones obligaban a esta educación de ciego, igual que a la escalada bi o tridiaria del acantilado de mármol blanco, los ocho pisos de la escalera. Tuvimos que rellenar de agua todos los recipientes de la casa. El teléfono fue cortado cuando los soldados israelíes y las inscripciones hebraicas entraron en Beirut Oeste. Igualmente lo fueron las carreteras. Los carros [de combate israelíes] Merkaba, siempre en movimiento, vigilaban toda la ciudad a la vez que adivinábamos el espanto de los ocupantes por no convertirse en blancos fijos. Sin duda temían la actividad de los morabitun y de los fedayines que habían podido quedarse en Beirut Oeste.Al día siguiente de la ocupación israelí estábamos prisioneros, pero me pareció que los invasores eran más despreciados que temidos, causaban más desagrado que miedo. Ningún soldado reía o sonreía. El tiempo aquí no era para tirar arroz ni flores.Desde que las carreteras estaban cortadas, los teléfonos mudos, privado de comunicación con el resto del mundo, por primera vez en la vida me sentí palestino y odié a Israel.En la Ciudad Deportiva, junto a la carretera Beirut-Damasco, en el estadio casi destruido por los bombardeos intensivos de la aviación, los libaneses entregaban a los oficiales israelíes amasijos de armas, al parecer, todas deterioradas voluntariamente.En el inmueble que habito todos tenemos radio. Escuchamos Radio Kataeb, Radio Morabitun, Radio Ammán, Radio Jerusalén (en francés), Radio Líbano. Sin duda, todos hacemos lo mismo."Estamos unidos a Israel por numerosas vías: nos traen bombas, carros, soldados, frutas y legumbres, y se llevan a Palestina a nuestros soldados, a nuestros hijos... en un continuo vaivén que no cesa, como dicen ellos, estamos unidos desde Abraham, en su descendencia, en su lengua, en un mismo origen..." (un fedayín palestino). "En fin -- añade -- nos invaden, nos ceban, nos asfixian y querrían besarnos. Dicen ser nuestros primos y estar entristecidos al ver que nos apartamos de ellos. Deben estar furiosos con nosotros y con ellos mismos".
* * *
La afirmación de una belleza propia de los revolucionarios plantea muchas dificultades. Sabemos -- supongamos -- que los niños o adolescentes que viven en medios antiguos y severos, tienen una belleza de rostro, de cuerpo, de movimientos, de mirada, muy próxima a la de los fedayines. La explicación tal vez sea ésta: al quebrar el antiguo orden, una nueva libertad aparece a través de la piel de los muertos, y a los padres y abuelos les costará apagar el estallido de los ojos, el voltaje en las sienes, la alegría de la sangre en las venas.En las bases palestinas, durante la primavera de 1971, la belleza estaba sutilmente difusa en un bosque animado por la libertad de los fedayines. En los campos [de refugiados] la belleza se establecía como el reino de las madres y los hijos, y era diferente, un poco más ahogada. Los campos recibían un tipo de luz que venía de las bases de combate y la explicación de la euforia de las mujeres necesitaría un largo y complejo debate. Más aún que los hombres, más aún que los fedayines en combate, las mujeres palestinas parecían suficientemente fuertes como para mantener la resistencia y aceptar las novedades de una revolución. Ya habían desobedecido a las costumbres: mirada directa aguantando la mirada a los hombres, rehusaban el uso del velo, cabellos visibles y desnudos, voz sin fisuras. La más corta y prosaica de sus conquistas era parte de un avance seguro hacia un orden nuevo, por lo tanto desconocido para ellas, pero donde presentían para ellas mismas su liberación como un baño y para los hombres como un orgullo luminoso. Estaban dispuestas a convertirse a la vez en esposas y madres de héroes como lo eran ya de sus hombres.En los bosques de Ashlun, quizá los fedayines soñaban con chicas, más bien cada uno dibujó sobre sí mismo -- o modeló con gestos -- una chica pegada a él, de ahí la gracia y la fuerza -- entre divertidas risas -- de unos fedayines armados. No estábamos sólo en las lindes de una pre-revolución, sino también en las de una indistinta sensualidad. El rocío, congelando cada gesto, le confería su dulzura.Cada día durante un mes, siempre en Ashlun, veía una mujer delgada pero fuerte, acuclillada a la fría intemperie, acuclillada como los indios de los Andes, o algunos negros africanos, los intocables de Tokio, o los gitanos en un mercado, lista para partir en caso de peligro, bajo los árboles, frente al puesto de guardia -- una sólida casa pequeña, construida rápidamente. Descalza, con un vestido negro galoneado en las mangas, esperaba. Su expresión era severa pero no de cólera, agotada pero no cansada. El responsable del comando preparaba una habitación casi vacía y después le hacía una señal. Ella entraba en la habitación. Cerraba la puerta sin llave. Luego salía, sin decir nada, sin sonreír, y con los pies descalzos regresaba directamente a Yeras y al campo de Baqa. En la habitación reservada para ella en el puesto de guardia supe que se quitaba las dos faldas negras, desataba todas las cartas y sobres que estaban cosidos, hacía un paquete y golpeaba suavemente la puerta. Entregaba las cartas al responsable, salía, y se iba sin haber dicho una palabra. Al día siguiente volvía.Otras mujeres, más mayores que ésta, se reían de tener por hogar tres piedras ennegrecidas que llamaban: "nuestra casa". Con qué voz infantil me mostraban las tres piedras, y a veces con las brasas encendidas, me decían riendo: darna. Estas mujeres viejas no eran parte ni de la revolución, ni de la resistencia palestina: eran la alegría que ya no espera más. El sol sobre ellas, continuaba su trayecto. Un brazo o un dedo extendido proponía una sombra cada vez más fina. Pero ¿qué suelo? Jordano, por efecto de una ficción administrativa y política decidida por Francia, Inglaterra, Turquía, EEUU... "La alegría que ya no espera más", la más jovial puesto que es la más desesperada. Todavía veían una Palestina que ya no existía cuando tenían dieciséis años, pero por fin tenían un suelo. No estaban ni debajo ni encima, en un espacio inquietante donde el menor movimiento será un falso movimiento. ¿Era firme la tierra bajo los pies desnudos de estas octogenarias actrices trágicas sublimemente elegantes? Cada vez lo era menos. Cuando escaparon de Hebrón bajo las amenazas israelíes, la tierra aquí parecía sólida, cada uno se aligeraba y se movía sensualmente al son de la lengua árabe. Pasado el tiempo, esta tierra experimentó lo siguiente: los palestinos eran cada vez menos soportables, a la vez que estos mismos palestinos, estos campesinos, descubrían la movilidad, la marcha, la carrera, el juego de las ideas redistribuidas casi a diario como naipes, las armas, montadas, desmontadas, utilizadas. Cada mujer, a su vez, toma la palabra. Ríen. Recojo la frase de una de ellas:-- ¡Héroes! Vaya broma. He parido y azotado a cinco o seis que están en el yebel. Les he limpiado el culo mil veces. Sé lo que valen y puedo parir a más.En el cielo siempre azul el sol continua su trayecto, pero todavía hace calor. Estas actrices trágicas, a la vez recuerdan e imaginan. Con el fin de ser más expresivas, apuntan con el índice el final de cada periodo y acentúan las consonantes enfáticas. Si un soldado jordano pasase, estaría orgulloso: en el ritmo de las frases encontraría el ritmo de las danzas beduinas. Sin frases, un soldado israelí, si viese a estas diosas, les dispararía sobre el cráneo una ráfaga de metralleta.
* * *
Aquí, en las ruinas de Chatila, ya no queda nada. Algunas mujeres ancianas, mudas, se esconden rápidamente tras una puerta en la que hay un trapo blanco clavado. Algunos fedayines muy jóvenes, a algunos de los cuales reencontraré en Damasco.La elección que hacemos de una comunidad concreta, sin contar la nativa, se opera por la gracia de una adhesión irracional, no es que la justicia no intervenga, pero es que esta justicia y la defensa de toda una comunidad se hace en virtud de una atracción sentimental, incluso sensible, sensual; soy francés, pero francamente, sin racionalismos, defiendo a los palestinos. Tienen el derecho puesto que los amo. ¿Pero los querría si la injusticia no hiciera de ellos un pueblo vagabundo?Casi todos los edificios de Beirut, en lo que aún se llama Beirut Oeste, están tocados. Se resquebrajan de distintas formas: como un milhojas chafado entre los dedos de un King-Kong monstruoso, indiferente y voraz; otras veces los tres o cuatro últimos pisos se inclinan deliciosamente siguiendo un pliegue muy elegante, un pliegue libanés del edificio. Si la fachada está intacta, dad la vuelta a la casa, las demás caras del edificio están acribilladas. Si ninguna de las cuatro caras tiene fisuras, la bomba soltada del avión ha caído en el centro y ha hecho un pozo de lo que era el hueco de la escalera y el ascensor.En Beirut Oeste, tras la llegada de los israelíes, S. me dice: "Había caído la noche y debían de ser las siete. De pronto un gran ruido de chatarra, de chatarra, de chatarra. Todo el mundo, mi hermana, mi cuñado y yo corremos al balcón. Noche muy negra. De vez en cuando destellos a menos de cien metros. Sabes que frente a nuestra casa hay una especie de puesto de mando israelí: cuatro carros, una casa con centinelas ocupada por soldados y oficiales. La noche. El ruido de chatarra que se aproxima. Los destellos: algunas antorchas luminosas. Y cuarenta o cincuenta niños de doce o trece años que golpean cadenciosamente pequeños bidones de hierro, con piedras, con martillos o con otras cosas. Gritaban muy fuerte y acompasados: Lâ ilâh illâ Allah, Lâ Kataib wa lâ yahud ("No hay más Dios que Dios, no a los kataeb, no a los judíos")."H. me dice: "Cuando viniste a Beirut y a Damasco en 1928, Damasco estaba destruido. El general Gouraud y sus tropas, destacamentos de tiradores marroquíes y argelinos, habían arrasado y devastado Damasco. ¿A quién acusaba la población siria?Yo:-- Los sirios acusaban a Francia de la destrucción y las masacres de Damasco.Él:-- Nosotros acusamos a Israel de las masacres de Chatila y Sabra. No carguemos estos crímenes sobre la espalda de sus sicarios, los kataeb. Israel es culpable de haber introducido en los campos dos compañías de kataeb, de haber dado las órdenes, de haberlos animado tres días y tres noches, de haberlos pertrechado, de haberles dado de beber y de comer, de haber iluminado el campo por la noche".De nuevo H., profesor de historia. Me dice: "En 1917 el golpe de Abraham se repitió, o si prefieres, Dios era ya la prefiguración de lord Balfour. Dios, decían y dicen todavía los judíos, ha prometido una tierra de miel y de leche a Abraham y a sus descendientes, mientras que este territorio no pertenecía al dios de los judíos (estas tierras estaban llenas de dioses), este territorio estaba poblado por los cananeos, que también tenían sus dioses, y lucharon contra las tropas de Josué hasta robarles el célebre arca de la alianza sin la cual los judíos no hubieran obtenido la victoria. Inglaterra en 1917 todavía no poseía Palestina (esa tierra de miel y leche), puesto que el tratado que le concedía el Mandato todavía no había sido firmado".-- Begin pretende haber venido al país...-- Es el título de una película: Una ausencia tan larga. A ese polaco, ¿lo ves heredero del rey Salomón?En el campo, tras veinte años de exilio, los refugiados soñaban con su Palestina, nadie osaba saber ni decir que Israel la había arrasado de cabo a rabo, que en el lugar del campo de cebada hay un banco, una central eléctrica en el lugar de una viña trepadora.-- ¿Cambiaremos la cerca de la granja?-- Hará falta reconstruir una parte del muro junto a la higuera.-- Todas las cacerolas estarán oxidadas: habrá que comprar bayetas.-- ¿Por qué no ponemos también electricidad en la cuadra?-- Ah, se acabaron los vestidos bordados a mano: me darás una máquina de coser y una de bordar.La gente mayor de los campos de refugiados vivía miserablemente, quizá también en Palestina, pero la nostalgia funcionaba allí de un modo mágico y podía quedar presa de los desgraciados encantos de los campos. No es seguro que esta parte de los palestinos los deje con añoranza. En este sentido, una extrema miseria es adictiva. El hombre que la haya conocido, al mismo tiempo que la amargura habrá conocido una alegría extrema, solitaria, incomunicable. Los campos de refugiados de Jordania, adosados a pendientes pedregosas, están desnudos, pero en sus periferias hay desnudeces más desoladas: barracones, tiendas agujereadas habitadas por gente cuyo orgullo es luminoso. Negar que el hombre puede ligarse a miserias visibles y enorgullecerse de ellas y que este orgullo es posible porque la miseria visible tiene por contrapeso una gloria escondida, supone desconocer el alma humana.La soledad de los muertos, en los campos de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y poses de las que no se habían preocupado. Muertos de cualquier forma. Muertos abandonados. No obstante, en el campo, a nuestro alrededor, flotaban todos los afectos, las ternuras, los amores en busca de palestinos que ya no responderán.-- ¿Cómo comunicárselo a los parientes que se han ido con Arafat confiando en la promesa de Reagan, de Mitterrand, de Pertini, de no tocar a las poblaciones civiles de los campos? ¿Cómo decir que han dejado masacrar a los niños, a los ancianos, a las mujeres, y abandonado los cadáveres sin oraciones? ¿Cómo informarles de que se ignora dónde están enterrados?Las masacres no se perpetraron en silencio y en la oscuridad. Alumbrados por los cohetes luminosos israelíes, los oídos israelíes estaban, desde el jueves por la tarde, a la escucha en Chatila. Qué fiestas, qué juergas han tenido lugar allí donde la muerte parecía participar de la bacanal de los soldados ebrios de vino, ebrios de odio, y sin duda ebrios de alborozo por complacer al Ejército israelí, que escuchaba, miraba, animaba, reprendía. No he visto al Ejército israelí escuchando y mirando. He visto lo que hizo.Al argumento: "Qué ganaba Israel con asesinar a Bechir: entrar en Beirut, restablecer el orden y evitar el baño de sangre."-- ¿Qué ganaba Israel con la masacre de Chatila? Respuesta: "¿Qué ganaba con entrar en el Líbano? Bombardear durante dos meses a la población civil: expulsar y destruir a los palestinos. ¿Qué que quería ganar en Chatila? Destruir a los palestinos."Mata hombres, mata muertos. Derriba Chatila. No está ausente de la especulación inmobiliaria que se hará en el terreno: vale cinco millones de francos antiguos el metro cuadrado de terreno arrasado. Pero ¿cuánto valdrá limpio y saneado?...Escribo en Beirut donde, tal vez debido a la vecindad de la muerte que todavía aflora, todo es más verdadero que en Francia: todo parece suceder como si, cansado, abatido de ser ejemplar, de ser intocable, de explotar lo que cree haber llegado a ser: la santa inquisitorial y vengativa Israel hubiera decidido dejarse juzgar fríamente.Gracias a una metamorfosis sabia pero previsible, helo aquí tal cual se preparaba desde hace tiempo: un poder terrenal execrable, colonizador sin límites, transformado en Instancia Definitiva tanto por su larga maldición como por elección propia.Muchas preguntas quedan planteadas:Si los israelíes sólo han iluminado el campo, escuchado y oído los disparos efectuados por todas las municiones cuyos cartuchos he pisado (decenas de miles) ¿Quién disparó realmente? ¿Quién arriesgó su piel asesinando? ¿Los falangistas? ¿Los haddadíes? ¿Quiénes? ¿Cuántos?¿Dónde han ido las armas que han causado todos estos muertos? ¿Y dónde aquellas de los que se defendieron? En la parte del campo de refugiados que he visitado, sólo he visto dos armas anti-carro no utilizadas.¿Cómo se introdujeron los asesinos en el campo de refugiados? ¿Estaban a todos los efectos los israelíes encargados del campo? En cualquier caso, ya estaban el jueves en el hospital de Acca, frente a la puerta del campo.Se ha escrito en los periódicos que los israelíes entraron en el campo de Chatila en cuanto supieron de las masacres, y que las hicieron cesar al momento, es decir, el sábado. ¿Qué hicieron con los autores de la masacre? ¿Dónde están?Tras el asesinato de Bechir Gemayel y de veinte de sus compañeros, tras las masacres, cuando supo que yo regresaba de Chatila, la señora B., de la alta burguesía de Beirut, vino a verme. Subió -- sin electricidad -- los ocho pisos del inmueble -- la encuentro mayor, elegante pero mayor.-- Antes del asesinato de Bechir, antes de las masacres, tuvo usted razón al decirme que lo peor estaba en marcha. Lo he visto.-- Ante todo no me diga lo que vio en Chatila, se lo ruego. Mis nervios son muy frágiles, no debo fatigarlos para poder soportar lo peor, que aún no ha llegado.Vive sola con su marido (setenta años) y su sirvienta en un gran apartamento de Ras Beirut. Es muy elegante. Muy cuidado. Sus muebles tienen buen estilo, creo que Luis XVI.-- Sabemos que Bechir había ido a Israel. Se equivocó. Cuando uno es jefe de Estado electo no frecuenta a esa gente. Estaba segura de que acaecería una desgracia. Pero no quiero saber nada. No debo fatigar mis nervios para soportar los golpes que todavía no han llegado. Bechir tuvo que haber devuelto aquella carta en la que Begin le llamaba "querido amigo".La alta burguesía, con sus sirvientes mudos, tiene su propia forma de resistir. La señora B. y su marido "no creen en absoluto en la metempsícosis". ¿Que pasaría si renaciesen en el cuerpo de un israelí?El día del asesinato de Bechir es también el día de la entrada del Ejército israelí en Beirut Oeste. Las explosiones se aproximan al edificio en el que estamos; al fin, todo el mundo baja a protegerse en un sótano. Embajadores, médicos, sus mujeres, sus hijos, un representante de la ONU en el Líbano, sus trabajadores domésticos.-- Carlos, tráeme un cojín.-- Carlos, mis gafas.-- Carlos, un poco de agua.Los sirvientes, puesto que también hablan francés, están admitidos en el refugio. Quizá también hace falta protegerlos: sus heridas, su transporte al hospital o al cementerio, ¡qué faena!Hay que saber que los campos de Chatila y Sabra son kilómetros y kilómetros de callejuelas estrechas -- las callejuelas son tan angostas, tan esqueléticas que dos personas no pueden avanzar a no ser que uno de ellos se ponga de perfil -- obstruidas por escombros, bloques, ladrillos, harapos multicolores y sucios, y por la noche, bajo la luz de los cohetes israelíes que alumbraban el campo, quince o veinte francotiradores, aun bien armados, no hubieran logrado hacer esta carnicería. Los asesinos participaron en gran número y probablemente también escuadras de verdugos que abrían cabezas, tullían muslos, cortaban brazos, manos y dedos, arrastraban, trabados con una cuerda, a gente agonizando, hombres y mujeres que vivían aún porque desde la sangre ha chorreado abundantemente de sus cuerpos, hasta el punto de que no he podido saber quién, en el pasillo de una casa, había dejado ese riachuelo de sangre seca, desde el fondo del pasillo donde estaba el charco hasta el umbral donde se perdía en el polvo. ¿Era un palestino? ¿Era una mujer? ¿Un falangista del que habían evacuado el cuerpo?Desde París, sobre todo si se ignora la topografía de los campos de refugiados, se puede dudar de todo. Se puede permitir a Israel afirmar que los periodistas de Jerusalén fueron los primeros en dar la noticia de las masacres. ¿Cómo se la dieron a los países árabes y en lengua árabe? ¿Y cómo en lengua inglesa y en francés? ¿Y en qué momento? ¡Cuando se piensa en las precauciones que se toman en Occidente en cuanto se constata una muerte sospechosa, las huellas, el impacto de las balas, las autopsias y los expertos! En Beirut, nada más conocer la masacre, el ejercito libanés tomaba inmediatamente bajo su mando los campos de refugiados y enseguida borraba tanto las ruinas de las casas como las de los cuerpos. ¿Quién ordenó esta precipitación? Después de que esta afirmación recorriese el mundo: cristianos y musulmanes se han matado entre ellos; después de que las cámaras hubieran registrado la ferocidad de la matanza.El hospital de Acca ocupado por los israelíes, frente a la entrada de Chatila, no está a doscientos metros del campo, sino a cuarenta. ¿Nada visto, nada oído, nada comprendido?Es lo que declara Begin en la Knesset [parlamento israelí]: "Unos no-judíos han masacrado a unos no- judíos, ¿en qué nos concierne eso a nosotros?"Interrumpida un momento, debo terminar mi descripción de Chatila. He aquí los últimos muertos que vi, el domingo, hacia las dos del mediodía, cuando la Cruz Roja entraba con sus bulldozers. El hedor cadavérico no salía de una casa ni de un suplicio: mi cuerpo, mi ser parecía emitirlo. En una estrecha callejuela, en el saliente en forma de espina de una pared, creí ver un boxeador negro sentado en el suelo, sonriente, sorprendido por estar KO. Nadie había tenido el coraje de cerrarle los párpados, sus ojos desorbitados, de azulejo muy blanco, me miraban. Parecía vencido, el brazo levantado, adosado al ángulo de la pared. Era un palestino muerto desde hacía dos o tres días. Si primero lo confundí con un boxeador negro, fue porque su cabeza era enorme, hinchada y negra, igual que todas las cabezas y todos los cuerpos, tanto a la sombra de las casas como al sol. Pasé junto a sus pies. Recogí del polvo una muela superior y la coloqué en lo que quedaba del alféizar de una ventana. La concavidad de la palma de su mano tendida hacia el cielo, la boca abierta, la abertura de su pantalón donde faltaba el cinturón: cuántas colmenas donde se alimentaban las moscas.Franqueé otro cadáver, luego otro. En este espacio de polvo, entre los dos muertos, había un objeto muy vivo, intacto en esa carnicería, de rosa un translúcido, que todavía podía servir: la pierna artificial, aparentemente de plástico, calzada con un zapato negro y un calcetín gris. Mirando mejor, estaba claro que la habían arrancado brutalmente de la pierna amputada, ya que las correas que habitualmente la sujetaban al muslo estaban todas rotas.Esta pierna pertenecía al segundo muerto. Aquél del que sólo había visto una pierna y un pie calzado con un zapato negro y un calcetín gris.En la calle perpendicular a aquella donde había dejado los tres muertos, había otro. No taponaba completamente el paso, pero estaba tumbado al principio de la calle, por lo que tuve que adelantarlo para girarme y ver este espectáculo: sentada en una silla, rodeada de jóvenes mujeres y hombres callados, sollozaba una mujer -- vestida de árabe -- que me pareció tenía dieciséis o sesenta años. Lloraba a su hermano cuyo cuerpo casi cortaba la calle. Me acerqué a ella. Miré mejor. Tenía un pañuelo anudado bajo el cuello. Lloraba, lamentaba la muerte de su hermano que estaba a su lado. Su rostro era rosa -- un rosa infantil, casi uniforme, muy dulce, tierno -- pero sin cejas ni pestañas, lo que creí rosa no era la epidermis sino la dermis ribeteada por un poco de piel gris. Tenía toda la cara quemada. No pude saber por qué, pero sí por quién.Con los primeros muertos, me había esforzado en contarlos. Llegado al duodécimo y al decimotercero, envuelto por el olor, por el sol, tropezando en cada ruina, no podía más, todo se embrollaba.Casas reventadas de las que salen edredones y edificios derrumbados, he visto muchos con indiferencia, pero al ver los de Beirut Oeste y de Chatila encontré el horror. De los muertos, que generalmente me son familiares, incluso amigos, al ver los de los campos no distinguí más que el odio y el alborozo de los que los habían matado. Había tenido lugar una fiesta bárbara: rabia, borrachera, danzas, cantos, juramentos, quejas, gemidos, en honor de los espectadores que reían en el último piso del hospital de Acca.
* * *
Antes de la guerra de Argelia, en Francia, los árabes no eran guapos, su aspecto era pesado, arrastrado, el morro ladeado, pero de repente la victoria los embelleció, pero ya, un poco antes de que fuera cegadora, cuando más de medio millón de soldados franceses se extenuaban y agotaban en los Aurès y en toda Argelia, un curioso fenómeno se hizo perceptible, modificando la cara y el cuerpo de los obreros árabes: algo como la cercanía, el presentimiento de una belleza todavía frágil pero que nos deslumbraría cuando las escamas hubiesen por fin caído de su piel y de nuestros ojos. Había que aceptar la evidencia: se habían liberado políticamente para aparecer como debían ser vistos, muy guapos. Del mismo modo, escapados de un campo de refugiados, escapados de la moral y del orden de los campos, escapados a una moral impuesta por la necesidad de sobrevivir, escapados a la vez de la vergüenza, los fedayines eran muy guapos; y esta belleza era nueva, ingenua, inocente, fresca, tan viva que descubría inmediatamente lo que la ponía de acuerdo con todas las bellezas del mundo arrancándose la vergüenza.Muchos de los macarras argelinos que cruzaban Pigalle por la noche, utilizaban su situación en provecho de la revolución argelina. La virtud estaba ahí también. Es, creo, Hannah Arendt quien distingue las revoluciones según que persigan la libertad o la virtud -- es decir, el trabajo. Haría falta tal vez reconocer que las revoluciones y liberaciones se dan -- en el fondo -- con el fin de encontrar o reencontrar la belleza, es decir, lo impalpable, lo que sólo se puede designar por este término. O más bien no: por belleza entendemos una insolencia reidora a la que desafían la miseria pasada, los sistemas y los hombres responsables de la miseria y de la vergüenza, pero una insolencia reidora que percibe que el estallido, lejos de la vergüenza, era fácil.Esta página debía tratar sobre todo de esto: una revolución lo es cuando ha hecho caer de los rostros y los cuerpos la piel muerta que los reblandecía. No hablo de una belleza académica, sino de la impalpable -- inefable -- alegría de los cuerpos, de las caras, de los gritos, de las palabras que dejan de ser mortecinas, quiero decir una alegría sensual y tan fuerte que quiere desterrar todo erotismo.* * *De nuevo en Ashlun, en Jordania, después en Irbid. Retiro lo que creo que es uno de mis cabellos blancos caído en mi jersey y lo dejo en la rodilla de Hamza, que está sentado a mi lado. Lo coge entre el pulgar y el dedo corazón, lo mira, sonríe, lo introduce en el bolsillo de mi blusón negro, y apoya su mano diciendo:-- Un pelo de la barba del Profeta vale menos que esto.Respira largamente y retoma:-- Un pelo de la barba del Profeta no vale más que esto.Sólo tenía veintidós años, su pensamiento volaba ágil muy por encima de los palestinos de cuarenta años, pero ya se encontraban en él los signos -- en él: en su cuerpo, en sus gestos -- que lo ataban a los viejos.Antes los labriegos se sonaban en los dedos. Un chasquido rápido enviaba el moco a las zarzas. Se pasaban bajo las narices su manga de terciopelo con flecos que, al cabo de un mes, estaba cubierta de un ligero nácar. Igual los fedayines. Se sonaban como aspiraban el rapé los marqueses, como los prelados: un poco encorvados. Hice lo mismo que ellos, que me lo enseñaron sin pensarlo.¿Y las mujeres? Bordar noche y día los siete vestidos (uno por cada día de la semana) del ajuar de bodas ofrecido por un marido generalmente viejo y elegido por la familia, deprimente despertar. Las jóvenes palestinas se volvieron muy bellas cuando se rebelaron contra el padre y rompieron las agujas y las tijeras de coser. En las montañas de Ashlun, de As-Salt y de Irbid, en los bosques mismos se había depositado toda la sensualidad liberada por la revuelta y los fusiles, no olvidemos los fusiles: eso bastaba, todos estaban hartos. Los fedayines, sin darse cuenta -- ¿de verdad? -- encarnaban una belleza nueva: la viveza de los gestos y el cansancio visible, la velocidad del ojo y su brillo, el timbre de la voz más clara se aliaban a la prontitud de la réplica y a su brevedad. Y a su precisión también. Las frases largas, la retórica sabia y voluble, las habían desechado.En Chatila, muchos han muerto, y mi afecto y amistad por sus cadáveres pudriéndose era grande también porque los conocía. Ennegrecidos, inflados, podridos por el sol y la muerte, seguían siendo fedayines.Hacia las dos de la tarde, domingo, tres soldados del Ejército libanés, apuntándome con el fusil, me condujeron a un jeep donde dormitaba un oficial. Le pregunté:-- ¿Habla francés?-- Inglés.La voz era seca, tal vez porque acababa de despertarlo con un sobresalto. Miró mi pasaporte. Dijo en francés:-- ¿Viene de allá? (su dedo apuntaba a Chatila).-- Sí.-- ¿Ha visto?-- Sí.-- ¿Va a escribirlo?-- Sí.Me devolvió el pasaporte. Me hizo una señal para que me fuese. Los tres fusiles se bajaron. Había pasado cuatro horas en Chatila. En mi memoria quedaban alrededor de cuarenta cadáveres. Todos -- digo todos -- habían sido torturados, probablemente bajo la embriaguez, entre cantos, risas, el olor de la pólvora y de la carroña.Sin duda estaba solo, quiero decir que era el único europeo (con algunas ancianas palestinas aferradas todavía a un pañuelo blanco desgarrado; con algunos jóvenes fedayines desarmados) pero, si estas cuatro o cinco personas no hubieran estado allí al descubrir yo esta ciudad abatida, los palestinos horizontales, negros e hinchados, me hubieran vuelto loco. ¿Dónde estaba? Esta ciudad hecha migas y derribada que he visto o creído ver, recorrida, zarandeada y arrasada por el olor de la muerte, todo eso, ¿había tenido lugar?Sólo había explorado, y mal, una veinteava parte de Chatila y Sabra, nada de Bir Hassan, y nada de Burj el Barajne
* * *
No es por mis inclinaciones por lo que he vivido la época jordana como un cuento de hadas. Los europeos y los árabes norteafricanos me hablaron del sortilegio que sintieron allí. Viviendo esta larga presión de seis meses, apenas teñida de noche durante doce o trece horas, conocí la ligereza del acontecimiento, la excepcional calidad de los fedayines, pero presentía la fragilidad del edificio. En todos los sitios de Jordania donde el Ejército palestino se reagrupó -- cerca del Jordán -- hubo puestos de control donde los fedayines estaban tan seguros de sus derechos y de su poder que la llegada de un visitante, de día como de noche, a uno de los puestos, era ocasión para preparar té, para hablar entre estallidos de risa y dar besos fraternales (aquel que abrazaban se iba esa noche, cruzaba el Jordán para poner bombas en Palestina, y frecuentemente no regresaba). Los únicos islotes de silencio eran los pueblos jordanos: los sorteaban. Todos los fedayines parecían ligeramente elevados del suelo como por un vaso de vino o la calada de un poco de hachís. ¿Qué era? La juventud despreocupada de la muerte y que poseía, para disparar al aire, armas checas y chinas. Protegidos por armas que alcanzaban tan alto, los fedayines no temían nada.Si algún lector ha visto el mapa de Palestina y de Jordania, sabe que el terreno no es una hoja de papel. El terreno, en las riberas del Jordán, es muy montañoso. Todo este desatino debería haber llevado como subtítulo El sueño de una noche de verano, a pesar del mal gesto de los cuarentones. Todo esto era posible gracias a la juventud, al placer de estar bajo los árboles, de jugar con las armas, de estar lejos de las mujeres, es decir, de escamotear un problema difícil, de ser el punto más luminoso por ser el más agudo de la revolución, de tener el asentimiento de la población de los campos de refugiados, de ser fotogénicos en todo lo que se haga, y quizá de presentir que este cuento de hadas de contenido revolucionario sería dentro de poco devastado: los fedayines no querían el poder, ya tenían la libertad.A la vuelta de Beirut, en el aeropuerto de Damasco, encontré jóvenes fedayines escapados del infierno israelí. Tenían dieciséis o diecisiete años: reían, eran parecidos a los de Ashlun. Morirán igual que ellos. El combate por un país puede llenar una vida muy rica, pero corta. Es la elección, recuérdese, de Aquiles en la Ilíada.
(Publicado, con cortes, en Revue d'études Palestiniennes, núm. 6, invierno de 1983 con el título "Quatre Heures á Chatila". Traducción del francés de Antonio Martínez Castro, CSCA.)