26.5.06

Manifiesto contra el trabajo


1. El dominio del trabajo muerto
Un cadáver domina la sociedad: el cadáver del trabajo. Todos los poderes alrededor del mundo se han unido para la defensa de este dominio: el Papa y el Banco Mundial, Tony Blair y Jörg Haider, sindicatos y empresarios, ecologistas alemanes y socialistas franceses. Todos ellos sólo conocen un lema: ¡trabajo, trabajo, trabajo!
Los que todavía no desaprendieron a pensar, reconocen fácilmente que esta postura es infundada. Puesto que la sociedad dominada por el trabajo no atraviesa una simple crisis pasajera, sino que alcanzó su límite absoluto. La producción de riqueza se desvincula cada vez más, como consecuencia de la revolución microelectrónica, del uso de la fuerza de trabajo humana, en una escala que hace unas pocas décadas sólo podía ser imaginada como ficción científica. Nadie puede afirmar seriamente que este proceso se puede detener o, más aún, invertir. La venta de la mercancía fuerza de trabajo será en el siglo XXI tan prometedora como la venta de vagones correo en el siglo XX. Quien, en esta sociedad, no consigue vender su fuerza de trabajo es considerado «superfluo» y se lo juzga un inútil.
¡El que no trabaja, no come! Este fundamento cínico vale todavía hoy, y ahora más que nunca, justamente porque se ha vuelto desesperantemente obsoleto. Es un absurdo: la sociedad nunca fue tan sociedad del trabajo como en esta época en que el trabajo se hace superfluo. Exactamente en su fase terminal, el trabajo revela claramente su poder totalitario, que no tolera otro dios a su lado. Hasta en los poros de lo cotidiano y en las interioridades de la psiquis, el trabajo determina el pensar y el obrar. No se ahorra ningún esfuerzo para prorrogar artificialmente la vida del dios-trabajo. El grito paranoico de «empleo» justifica incluso acelerar la destrucción de los fundamentos naturales, ya hace mucho tiempo reconocida. Los últimos obstáculos para la comercialización generalizada de todas las relaciones sociales pueden ser eliminados sin crítica, cuando se coloca en perspectiva la creación de unos pocos y miserables «puestos de trabajo». Y la frase: «Sería mejor tener ‘cualquier’ trabajo que no tener ninguno» se convierte en una profesión de fe exigida de modo general.
Cuanto más claro queda que la sociedad del trabajo llegó a su fin definitivo, tanto más violentamente se reprime este fin en la conciencia de la opinión pública. Los métodos de esta represión psicológica, aun siendo muy diferentes, tienen un denominador común: el hecho mundial de que el trabajo ha demostrado su fin en sí mismo irracional que se volvió obsoleto. Este hecho viene redefiniéndose con obstinación en un sistema maníaco de fracaso personal o colectivo, tanto de individuos como de empresas o «localizaciones». La barrera objetiva al trabajo tiene que aparecer como un problema subjetivo de aquellos que cayeron fuera del sistema. Para unos, el desempleo es producto de exigencias desmesuradas, de falta de disponibilidad, aplicación y flexibilidad de los desempleados; en cuanto a los otros, acusan a «sus» ejecutivos y políticos de incapacidad, corrupción, ambición desmedida de ganancias o traición al interés local. Pero al fin todos concuerdan con el ex presidente alemán Roman Herzog: se necesita una «sacudida», como si el problema fuese semejante al de la motivación de un equipo de fútbol o de una secta política. Todos tienen, «de alguna manera», que aportar carbón, aunque ya no haya carbón, y todos tienen, «de alguna manera», que poner manos a la obra con vigor, aunque no haya ninguna obra que hacer, o únicamente obras sin sentido. Las entrelíneas de este mensaje infeliz dejan muy en claro esto: quien, a pesar de todo, no disfruta de la misericordia del dios trabajo, es culpado por sí mismo y puede ser excluido, o aun descartado, con buena conciencia.
La misma ley del sacrificio humano vale a escala mundial. Un país tras otro es triturado bajo las ruedas del totalitarismo económico, que comprueba siempre la misma cosa: no se han alcanzado las llamadas leyes del mercado. El que no se «adapta» incondicionalmente al curso ciego de la competencia total, no tomando en consideración ninguna pérdida, es penalizado por la lógica de la rentabilidad. Los portadores de esperanza de hoy son la chatarra económica de mañana. Los psicóticos economistas dominantes no se dejan perturbar en sus valientes explicaciones del mundo. Aproximadamente tres cuartas partes de la población mundial ya fueron declaradas desecho social. Una «localización» tras otra cae en el abismo. Después de los desastrosos países «en desarrollo» del Hemisferio Sur y de la desaparición del capitalismo de Estado de la sociedad mundial del trabajo en el Este, los discípulos ejemplares de la economía de mercado del Sudeste asiático desaparecerán igualmente en el infierno del colapso. También en Europa se extiende desde hace mucho tiempo el pánico social. Los caballeros de la triste figura de la política y el gerenciamiento prosiguen con su cruzada de manera aún más firme en nombre del dios-trabajo.

«Cada uno debe poder vivir de su trabajo: es el principio inamovible. Así, el poder vivir está determinado por el trabajo y no hay ninguna ley donde esta condición no haya sido realizada.» Johann Gottlieb Fichte, Fundamentos del Derecho Natural según los Principios de la Doctrina de la Ciencia, 1997.
2. La sociedad neoliberal del apartheid

Una sociedad centralizada en la abstracta irracionalidad del trabajo desarrolla obligadamente la tendencia al apartheid social cuando el éxito de la venta de la mercancía «fuerza de trabajo» deja de ser la regla y pasa a ser la excepción. Todas las fracciones del campo del trabajo, superando a todos los partidos, ya aceptaron disimuladamente esa lógica e incluso la refuerzan. Ya no enfocan su luchan sobre si cada vez más personas son empujadas al abismo y excluidas de la participación social, sino sobre cómo imponer la selección.
La fracción neoliberal deja confiadamente el negocio sucio y social-darwinista a la «mano invisible» del mercado. En este sentido, están siendo desmontadas las redes socioestatales, para marginar, preferentemente sin ruido, a todos aquellos que no consiguen mantenerse en la competencia. Sólo son reconocidos como seres humanos los que pertenecen a la hermandad de los ganadores globales, con sus sonrisas cínicas. Todos los recursos del planeta son usurpados sin vacilar para la máquina capitalista del fin en sí mismo. Si esos recursos no son movilizados de una manera rentable, quedan en «barbecho», incluso cuando, al lado, grandes poblaciones se mueren de hambre. Lo incómodo del «desecho» humano cae bajo la competencia de la policía, de las sectas religiosas de salvación, de la mafia y de los comedores de caridad. En los Estados Unidos y en la mayoría de los países de Europa central, ya existen más personas en prisión que en la media de las dictaduras militares. En América Latina, son asesinados diariamente más niños de la calle y otros pobres por el escuadrón de la muerte de la economía de mercado que opositores en los tiempos de la peor represión política. A los excluidos sólo les queda una función social: la de ser un ejemplo aterrador. Su destino debe incentivar a todos los que aún forman parte de la carrera de «peregrinación a Jerusalén» de la sociedad del trabajo en la lucha por los últimos puestos. Este ejemplo debe incitar a las masas de perdedores a mantenerse en movimiento, para que no se les ocurra la idea de rebelarse contra las vergonzosas imposiciones.
Pero, incluso pagando el precio de la autorresignación, el admirable mundo nuevo de la economía totalitaria deja para la mayoría de las personas apenas un lugar, como hombres sumergidos en una economía sumergida. Sometidos a los ganadores bien remunerados de la globalización, se tienen que ganar la vida como trabajadores ultrabaratos y esclavos demócratas en la «sociedad de prestación de servicios». Los nuevos «pobres que trabajan» tienen el derecho de limpiar los zapatos de los businessmen de la sociedad del trabajo o de venderles hamburguesas contaminadas o, si no, vigilar su shopping center. Quien dejó su cerebro en la sombrerera de la entrada hasta puede soñar con un ascenso al puesto de millonario prestador de servicios.
En los países anglosajones, este mundo de horror ya es realidad para millones; en el Tercer Mundo y en Europa del Este, ni qué hablar; y el continente del euro se muestra decidido a superar, rápidamente, su atraso. Las publicaciones económicas no hacen ningún secreto de cómo imaginan el futuro ideal del trabajo: los niños del Tercer Mundo, que limpian los parabrisas de los automóviles en las bocacalles contaminadas, son el brillante modelo de la «iniciativa privada», que debería servir de ejemplo para los desempleados del desierto europeo de la prestación de servicios. «El modelo para el futuro es el individuo como empresario de su fuerza de trabajo y de su propia previsión social», escribe la «Comisión para el Futuro de los Estados Libres de Baviera y Sajonia». Y aún más: «La demanda de servicios personales simples es tanto mayor cuanto menos cuestan, esto es, cuanto menos ganan los prestadores de servicios». En un mundo en el que todavía existiese la autoestima humana, una frase de este tipo debería provocar una revuelta social. Sin embargo, en un mundo de animales de trabajo domesticados, apenas provoca un resignado balanceo de cabeza.

«El ratero destruía el trabajo y, a pesar de eso, obtenía el salario de un trabajador; ahora debe trabajar sin salario, pero, incluso en la cárcel, tiene que presentir la bendición del éxito y de la ganancia (...) Se lo debe educar para el trabajo moral en cuanto acto personal libre a través del trabajo forzado.» Wilhelm Heinrich Riehl, El trabajo alemán, 1861.

3. El apartheid del Neo-Estado Social

Las fracciones antineoliberales del campo del trabajo social pueden no gustar mucho de esta perspectiva, pero precisamente para ellas está definitivamente confirmado que un ser humano sin trabajo no es un ser humano. Fijados nostálgicamente en el período fordista posterior a la guerra, de trabajo en masa, no piensan en otra cosa sino en revitalizar los tiempos pasados de la sociedad del trabajo. El Estado debería apuntalar lo que el mercado ya no puede conseguir. La aparente normalidad de la sociedad del trabajo debe ser simulada a través de «programas de ocupación», trabajos comunitarios obligatorios para personas que reciben ayuda social, subvenciones a localizaciones, endeudamiento estatal y otras medidas públicas. Este estatismo del trabajo, ahora recalentado y perplejo, no tiene la menor posibilidad, pero continúa como el punto de referencia ideológico de amplios sectores poblacionales amenazados por la ruina. Justamente en esta total ausencia de esperanza, la praxis que resulta de esto es cualquier cosa menos emancipatoria. La metamorfosis ideológica del «trabajo escaso» en primer derecho de la ciudadanía excluye necesariamente a todos los no-ciudadanos. La lógica de la selección social no se pone en cuestión, sólo se redefine de otra manera: la lucha por la supervivencia individual debe ser amenizada por criterios étnico-nacionalistas. «La Noria del trabajo nacional sólo para los nativos», clama el alma popular que, en su amor perverso por el trabajo, encuentra una vez más la comunidad nacional. El populismo de derecha no esconde esa conclusión necesaria. En la sociedad de la competencia, su crítica lleva sólo a la limpieza étnica de las áreas que se encogen en términos de riqueza capitalista.
En oposición a esto, el nacionalismo moderado de cuño socialdemócrata o verde quiere aceptar a los viejos trabajadores inmigrantes como si fuesen del país, y cuando éstos se comportan bien, de manera reverente e inofensiva, los convierte en ciudadanos. Pero el acentuado y reforzado rechazo de los refugiados del Este y del Sur puede ser así legitimado de una forma más populista y silenciosa, lo que queda, obviamente, siempre oculto detrás de una palabrería de humanidad y civilidad. La caza de los «ilegales», que disputan puestos de trabajo nacionales, no debe dejar, siempre que sea posible, ninguna mancha indigna de sangre y fuego ni en un solo europeo. Para eso existe la policía, el control militar de las fronteras y los países tapones de «Schengenlandia», que resuelven todo conforme al derecho y la ley, y preferentemente lejos de las cámaras de televisión.
La simulación estatal de trabajo es, por principio, violenta y represiva. Significa el mantenimiento de la voluntad de dominio incondicional del dios-trabajo, con todos los medios disponibles, incluso después de su muerte. Este fanatismo burocrático del trabajo no deja en paz ni a los que caerán fuera –los sin-trabajo y sin posibilidades– ni a todos aquellos que con buenas razones rechazan el trabajo, en sus ya horriblemente comprimidos nichos del demolido Estado Social. Éstos son arrastrados hacia los reflectores del interrogatorio estatal por asistentes sociales y gestores de trabajo y son obligados a hacer una reverencia pública delante del trono del cadáver-rey.
Si en la justicia normalmente rige el principio: «ante la duda, a favor del reo», ahora eso se invirtió. Si los que cayeran fuera no quisieran vivir en adelante del aire o de la caridad cristiana, deben aceptar cualquier trabajo sucio o de esclavo y cualquier programa de «ocupación», aun el más absurdo, para demostrar su disposición incondicional para con el trabajo. Si aquello que deben hacer tiene o no algún sentido, o es el mayor absurdo, no interesa de ningún modo. Lo que importa es que queden en movimiento permanente para que nunca olviden a qué ley obedece su existencia.
Otrora, los hombres trabajaban para ganar dinero. Hoy, el Estado no ahorra gastos ni costos para que centenares de miles de personas simulen trabajos en extrañas «oficinas de entrenamiento» o «empresas de ocupación», para que queden en forma para «puestos de trabajo regulares» que nunca ocuparán. Se inventan cada vez más nuevas y más estúpidas «medidas» sólo para mantener la apariencia de la rueda del trabajo social que gira en falso funcionando ad infinitum. Cuanto menos sentido tiene la coerción del trabajo, más brutalmente se inculca en los cerebros humanos que no habrá más ningún pan gratis.
En este sentido, el New Labour y todos sus imitadores se muestran, en todo el mundo, enteramente compatibles con el modelo neoliberal de selección social. Por la simulación de «ocupación» y el fingimiento de un futuro positivo de la sociedad del trabajo, se crea una legitimación moral para tratar de una manera más dura a los desocupados y a los que rehúsan trabajo. Al mismo tiempo, la coerción estatal de trabajo, las subvenciones salariales y los trabajos llamados «cívicos y honoríficos» reducen cada vez más los costos del trabajo. De esta manera, se incentiva masivamente el sector canceroso de salarios bajos y trabajos miserables. La denominada política activa de trabajo, según el modelo del New Labour, no escatima siquiera enfermos crónicos ni madres solteras con niños pequeños. Quien recibe ayuda estatal sólo se libra del estrangulamiento institucional cuando lleva una plaquita plateada adherida al dedo del pie. El único sentido de esta impertinencia está en evitar al máximo posible que las personas hagan cualquier solicitud al Estado y, al mismo tiempo, demostrar a quienes caigan fuera que, ante tales instrumentos terribles de tortura, cualquier trabajo miserable parezca agradable.
Oficialmente, el Estado paternalista sólo castiga por amor, con la intención de educar severamente a sus hijos que fueron denunciados como «prejuiciosos», en nombre de su propio progreso. En realidad, esas medidas «pedagógicas» sólo tienen como objetivo apartar a los individuos de mala traza de su puerta. ¿Cuál sería el sentido de obligar a los desempleados a trabajar en la recolección de espárragos? El sentido es alejar a los trabajadores temporeros polacos, los únicos que aceptan los salarios de hambre, dadas las relaciones cambiarias, que los transforman en una paga aceptable. Pero para los trabajadores forzados esa medida es inútil y tampoco abre ninguna «perspectiva» profesional. E incluso para los productores de espárragos, los académicos malhumorados y los trabajadores cualificados que se les envían sólo significan un estorbo. Pero si después de una jornada de doce horas en los campos alemanes, de repente aparece bajo una luz más agradable la idea extravagante de tener entre las manos, por desesperación, un perrito caliente, entonces la «ayuda para la flexibilización» demostró su efecto neobritánico deseable.

«Cualquier empleo es mejor que ninguno.» (Bill Clinton, 1998)

«Ningún empleo es tan duro como ninguno.» (Lema de una exposición de carteles de la División de Coordinación Federal de la Iniciativa de los Desempleados de Alemania, 1998.)

«El trabajo cívico debe ser gratificado y no remunerado... pero quien actúa en el trabajo cívico también pierde la mácula del desempleo por la recepción de la ayuda social.» (Ulrich Beck, El alma de la democracia, 1997.)
4. El agravamiento y la desmentida de la religión del trabajo

El nuevo fanatismo del trabajo, con el cual esta sociedad reacciona a la muerte de su dios, es la continuación lógica y la etapa final de una larga historia. Desde los días de la Reforma, todas las fuerzas fundamentales de la modernización occidental preconizaron la santidad del trabajo. Principalmente durante los últimos 150 años, todas las teorías sociales y corrientes políticas estaban poseídas, para decirlo de algún modo, por la idea del trabajo. Socialistas y conservadores, demócratas y fascistas combatieron hasta la última gota de sangre, pero, a pesar de toda la animosidad, siempre llevaron, en conjunto, sacrificios al altar del dios-trabajo. «Apartaos los ociosos», decía el Himno Internacional del Trabajo, y «el trabajo libera», se declaraba terroríficamente desde los portones de Auschwitz. Las democracias pluralistas de la posguerra se pronunciaron aún más a favor de la dictadura eterna del trabajo. Incluso la Constitución del Estado de Baviera, archicatólico, enseña a sus ciudadanos a partir del sentido de la tradición luterana: «El trabajo es la fuente del bienestar del pueblo y está bajo la protección especial del Estado». Al final del siglo XX, casi todas las diferencias ideológicas desaparecieron. Quedó el dogma cruel según el cual el trabajo es la determinación natural del hombre.
Hoy, la propia realidad de la sociedad del trabajo desmiente este dogma. Los sacerdotes de la religión del trabajo siempre predicaron que el hombre, por su supuesta naturaleza, sería un animal laborans. Solamente se tornaría humano en la medida en que se sometiese, como Prometeo, a la materia natural y a su voluntad, realizándose a través de sus productos. Este mito de explorador del mundo y demiurgo que tiene su vocación fue desde siempre un escarnio en relación al carácter del proceso moderno de trabajo, aunque en la época de los capitalistas-inventores, del tipo de Siemens o Edison y sus empleados cualificados, tuviese aún un sustrato real. Hoy, este gesto es totalmente absurdo.
Quien actualmente se pregunta todavía por el contenido, sentido o fin de su trabajo se vuelve loco –o un factor de perturbación del funcionamiento del fin en sí mismo de la máquina social. El homo faber, antiguamente orgulloso de su trabajo y con su gesto limitado aplicándose en serio a lo que hacía, hoy está tan pasado de moda como la máquina de escribir mecánica. La Rueda tiene que girar de cualquier modo, y punto. De la invención de sentido son responsables los departamentos de publicidad y ejércitos enteros de animadores y psicólogos de empresa, consultores de imagen y traficantes de drogas. Donde se balbucía continuamente un blablablá sobre motivación y creatividad, de eso nada quedó, a no ser el autoengaño. Por eso cuentan hoy las habilidades de autosugestión, autorrepresentación y simulación de competencia como las virtudes más importantes de los ejecutivos y los trabajadores especializados, las estrellas de los media y los contables, los profesores y los guardas de estacionamiento.
También la afirmación de que el trabajo sería una necesidad eterna, impuesta al hombre por la naturaleza, se volvió, con la crisis de la sociedad del trabajo, ridícula. Desde hace siglos se predica que el dios-trabajo necesitaría ser adorado porque las necesidades no podrían ser satisfechas solas, esto es, sin el sudor de la contribución humana. Y la finalidad de toda esta empresa del trabajo sería la satisfacción de necesidades. Si esto fuese verdad, la crítica al trabajo tendría tanto sentido como la crítica a la ley de gravedad. Porque, ¿cómo una «ley natural» efectivamente real puede entrar en crisis o desaparecer? Los oradores del campo del trabajo social –desde la socialité engullidora de caviar, neoliberal y maníaca por la eficiencia hasta el sindicalista barriga-de-cerveza– quedan en una situación embarazosa con su seudonaturaleza del trabajo. Al final, ¿cómo pueden explicarnos que hoy tres cuartas partes de la humanidad estén hundiéndose en un estado de calamidad y miseria solamente porque el sistema social del trabajo ya no necesita su trabajo? No es más una maldición del Antiguo Testamento –«comerás tu pan con el sudor de tu frente»– que pesa sobre los que cayeron fuera, sino una nueva e implacable condena: «No comerás porque tu sudor es superfluo e invendible». ¿Y será esto una ley natural? No es nada más que el principio social irracional que aparece como coerción natural porque destruyó, a lo largo de los siglos, todas las otras formas de relación social o las sometió y se impuso como absoluto. Es la «ley natural» de una sociedad que se considera muy racional, pero que, en verdad, sólo sigue la racionalidad funcional de su dios-trabajo, a cuyas «coerciones objetivas» está dispuesta a sacrificar el último resto de humanidad.

«El trabajo está siempre, por más bajo y mamonístico que sea, en relación con la naturaleza. Sólo el deseo de realizar trabajo conduce ya a la verdad y a las leyes y prescripciones de la naturaleza, que son la verdad.» (Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperar, 1843)

5. El trabajo es un principio coercitivo social

El trabajo no es, de ningún modo, idéntico al hecho de que los hombres transforman la naturaleza y se relacionan a través de sus actividades. En tanto haya hombres, construirán casas, producirán vestimentas, alimentos, así como criarán hijos, escribirán libros, discutirán, cultivarán huertas, harán música, etc. Esto es banal y se entiende por sí mismo. Lo que no es obvio es que la actividad humana en sí, el puro «gasto de fuerza de trabajo», sin tener en cuenta ningún contenido e independiente de las necesidades y de la voluntad de los implicados, se volvió un principio abstracto, que domina las relaciones sociales.
En las antiguas sociedades agrarias existían las más diversas formas de dominio y de relaciones de dependencia personal, pero ninguna dictadura del abstractum trabajo. Las actividades en la transformación de la naturaleza y en la relación social no eran, de ninguna manera, autodeterminadas, pero tampoco estaban subordinadas a un «gasto de fuerza de trabajo» abstracto; al contrario, estaban integradas en el conjunto de un complejo mecanismo de normas prescriptivas religiosas, tradiciones sociales y culturales con compromisos mutuos. Cada actividad tenía su tiempo particular y su lugar particular; no existía una forma de actividad abstracta y general.
Solamente el moderno sistema productor de mercancías creó, con su fin en sí mismo de la transformación permanente de energía humana en dinero, una esfera particular, «disociada» de todas las otras relaciones y abstraída de cualquier contenido, la esfera del llamado trabajo –una esfera de actividad dependiente incondicional, desconectada y robótica, separada de lo restante del contexto social y obediente a una abstracta racionalidad funcional de «economía empresarial», más allá de las necesidades. En esta esfera separada de la vida, el tiempo deja de ser tiempo vivido y vivenciado; se transforma en simple materia prima que necesita ser optimizada: «tiempo y dinero». Cada segundo es calculado, cada ida al cuarto de baño se convierte en un trastorno, cada conversación es un crimen contra el fin autonomizado de la producción. Donde se trabaja, sólo puede haber gasto de energía abstracta. La vida se realiza en otro lugar, o no se realiza, porque el ritmo del tiempo de trabajo reina sobre todo. Los niños ya están domados por el reloj para tener algún día «capacidad de eficiencia». Los festivos sólo sirven también para la reproducción de la «fuerza de trabajo». E incluso a la hora de la comida, de la fiesta y del amor, la aguja de los segundos toca en el fondo de la cabeza.
En la esfera del trabajo no cuenta lo que se hace, sino que se haga algo en cuanto tal, pues el trabajo es justamente un fin en sí mismo, en la medida en que es el soporte de la valorización del capital –dinero–, el aumento infinito del dinero por sí solo. El trabajo es la forma de actividad de este fin en sí mismo absurdo. Sólo por eso, y no por razones objetivas, todos los productos son producidos como mercancías. Porque únicamente de esta forma representan el abstractum dinero, cuyo contenido es el abstractum trabajo. En esto consiste el mecanismo de la incesante Rueda social autonomizada, de la que la humanidad moderna está prisionera.
Y es precisamente por eso que el contenido de la producción es tan indiferente a la utilización de los productos y a las consecuencias sociales y naturales. Si se construyen casas o se siembran los campos de minas, si se imprimen libros, se cultivan tomates transgénicos, si las personas enferman, el aire está contaminado o si «sólo» se perjudica el buen gusto... todo eso no interesa. Lo que interesa, de cualquier modo, es que la mercancía pueda ser transformada en dinero y el dinero en nuevo trabajo. Que la mercancía exija un uso concreto, y que éste sea destructivo, no le interesa a la racionalidad de la economía empresarial; para ella, el producto sólo es portador de trabajo pretérito, de «trabajo muerto».
La acumulación de «trabajo muerto» como capital, representado en la forma-dinero, es el único «sentido» que el sistema productor de mercancías conoce. ¿«Trabajo muerto»? ¡Una locura metafísica! Sí, pero una metafísica que se volvió realidad palpable, una locura «objetivada» en la sociedad con mano férrea. En el eterno comprar y vender, los hombres no intercambian bajo la condición de seres sociales conscientes, sino que sólo ejecutan como autómatas sociales el fin en sí mismo propuesto a ellos.
«El trabajador sólo se siente consigo mismo fuera del trabajo, mientras que en el trabajo se siente fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja; cuando trabaja no está en casa. Su trabajo, por eso, no es voluntario, sino obligado; es trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer necesidades externas a él mismo. La extrañeza del trabajo revela su forma pura en el hecho de que, desde que no existe ninguna coerción física u otra cualquiera, huye de él como si fuese una peste.» (Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844)

6. Trabajo y capital son las dos caras de la misma moneda

La izquierda política siempre adoró entusiásticamente el trabajo. No sólo elevó el trabajo a la esencia del hombre, sino que también lo mistificó como supuesto contra-principio del capital. El escándalo no era el trabajo, sino sólo su explotación por el capital. Por eso, el programa de todos los «partidos de trabajadores» fue siempre «liberar el trabajo» y no «liberar del trabajo». La oposición social entre capital y trabajo es sólo una oposición de intereses diferenciados (es verdad que de poderes muy diferenciados) internamente al fin en sí mismo capitalista. La lucha de clases era una forma de ejecución de esos intereses antagónicos en el seno del fundamento social común del sistema productor de mercancías. Pertenecía a la dinámica interna de la valorización del capital. Se trataba de una lucha por salarios, derechos, condiciones de trabajo o puestos de trabajo: el supuesto ciego siempre seguía siendo la Noria dominante con sus principios irracionales.
Tanto desde el punto de vista del trabajo como del capital, importa poco el contenido cualitativo de la producción. Lo que interesa solamente es la posibilidad de vender de forma óptima la fuerza de trabajo. No se trata de la determinación en conjunto sobre el sentido o el fin de la propia actividad. Si algún día existió la esperanza de poder realizar una tal audodeterminación dentro de las formas del sistema productor de mercancías, hoy las «fuerzas de trabajo» perdieron ya, y hace tiempo, esta ilusión. Hoy sólo interesa el «puesto de trabajo», la «ocupación» –ya estos conceptos comprueban el carácter de fin en sí mismo de toda esta empresa y la minoría de edad de los comprometidos con ella.
Qué, para qué y con qué consecuencias se produce, en el fondo no interesa, ni al vendedor de la mercancía fuerza de trabajo, ni al comprador. Los trabajadores de las centrales nucleares y de las industrias químicas protestan aún más vehementemente cuando se pretende desactivar sus bombas de relojería. Y los «ocupados» de Volkswagen, Ford y Toyota son los defensores más fanáticos del programa suicida automovilístico. No solamente porque necesitan obligadamente venderse sólo para «poder» vivir, sino porque se identifican realmente con su existencia limitada. Para los sociólogos, los sindicalistas, los sacerdotes y otros teólogos profesionales de la «cuestión social», este hecho es la comprobación del valor ético-moral del trabajo. El trabajo forma la personalidad. Es verdad. Esto es, la personalidad de zombies de la producción de mercancías, que ya no logran imaginar la vida fuera de su Noria fervientemente amada, para la cual ellos mismos se preparan diariamente.
Así como no era la clase trabajadora en cuanto tal la contradicción antagónica del capital y el sujeto de la emancipación humana, así tampoco, por otro lado, los capitalistas y ejecutivos dirigen la sociedad siguiendo la maldad de una voluntad subjetiva de explotador. Ninguna casta dominante vivió, en toda la historia, una vida tan miserable y no libre como los acosados ejecutivos de Microsoft, Daimler-Chrysler o Sony. Cualquier señor medieval habría despreciado profundamente a estas personas. Porque, mientras que aquél podía dedicarse al ocio y a gastar su riqueza en orgías, las élites de la sociedad del trabajo no pueden permitirse ninguna pausa. Incluso fuera de la Noria, no saben hacer otra cosa consigo mismos que infantilizarse. Ocio, placer intelectual y sensual les son tan extraños como su material humano. Ellos mismos son siervos del dios-trabajo, meras élites funcionales del fin en sí mismo social irracional.
El dios dominante sabe imponer su voluntad sin sujeto a través de la «coerción silenciosa» de la competencia, ante la cual deben también arrodillarse los poderosos, sobre todo cuando administran centenares de fábricas y transfieren sumas millonarias por el globo. Si no hicieran eso, serían puestos de lado, del mismo modo brutal que las «fuerzas de trabajo» superfluas. Pero es precisamente su minoría de edad lo que hace que los funcionarios del capital sean tan peligrosos, y no su voluntad subjetiva de explotación. Ellos son los que tienen el menor derecho de preguntar por el sentido y las consecuencias de sus actividades ininterrumpidas; no se pueden permitir a sí mismos sentimientos ni consideraciones. Por eso hablan de realismo cuando devastan el mundo, hacen las ciudades cada vez más feas y dejan a los hombres empobrecerse en medio de la riqueza.

«El trabajo tiene cada vez más la buena conciencia de su lado: actualmente la inclinación a la alegría se llama «necesidad de recreación» y comienza a tener vergüenza de sí misma. ‘Se debe hacer esto por la salud’, se dice cuando uno es sorprendido en un paseo por el campo. ¿Podrá llegarse al punto en que la gente deje de ceder a una inclinación hacia la vida contemplativa (esto es, un paseo con pensamientos y amigos) con mala conciencia y desprecio de sí?» (Friedrich Nietzsche, 1882)

7. Trabajo y dominio patriarcal

Aunque la lógica del trabajo y de su metamorfosis en materia-dinero insista, no todas las esferas sociales y actividades necesarias se dejan embutir en la esfera del tiempo abstracto. Por eso surgió junto con la esfera «separada» del trabajo, en cierta forma como su reverso, la esfera privada doméstica, de la familia y la intimidad.
En esta esfera definida como «femenina» quedan las numerosas y repetidas actividades de la vida cotidiana que no pueden ser, salvo excepcionalmente, transformadas en dinero: de la limpieza a la cocina, pasando por la educación de los niños y la asistencia a los ancianos, hasta el «trabajo de amor» de la ama de casa típica ideal, que reconstituye a su marido trabajador agotado y que le permite «abastecer sus sentimientos». La esfera de la intimidad, como reverso del trabajo, es declarada por la ideología burguesa de la familia como el refugio de la «vida verdadera» –incluso si en la realidad sea, más bien, el infierno de la intimidad. Se trata justamente no de una esfera de vida mejor y verdadera, sino de una forma de existencia tan reducida como limitada, sólo que con los signos invertidos. Esa esfera es ella misma un producto del trabajo, escindida de él, pero sólo existente en relación a él. Sin el espacio social escindido de las formas de actividad «femeninas», la sociedad del trabajo nunca podría haber funcionado. Este espacio es su supuesto silencioso y al mismo tiempo su resultado específico.
Esto vale también para los estereotipos sexuales que fueron generalizados en el transcurso del desarrollo del sistema productor de mercancías. No es por azar que se fortaleciera el prejuicio en masa de la imagen de la mujer conducida irracional y emocionalmente, natural e impulsiva, junto a la imagen del hombre trabajador, productor de cultura, racional y autocontrolado. Y tampoco es por azar que el autoadiestramiento del hombre blanco para las exigencias insolentes del trabajo y para su administración humana estatal fuese acompañado por seculares y enfurecidas «cazas de brujas». Simultáneamente con éstas, se inicia la apropiación del mundo por las ciencias naturales, desde ya contaminadas en sus raíces por el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo y por las atribuciones de género. De esta manera, el hombre blanco, para poder «funcionar» sin dificultades, expulsó de sí mismo todos los sentimientos y necesidades emocionales que, en el reino del trabajo, sólo cuentan como factores de perturbación.
En el siglo XX, en especial en las democracias fordistas de la posguerra, las mujeres fueron cada vez más integradas al sistema de trabajo, pero el resultado de esto fue sólo una conciencia femenina esquizoide. Puesto que, por un lado, el avance de las mujeres en la esfera del trabajo no podía traer ninguna liberación, sino apenas la adaptación al dios-trabajo, como entre los hombres. Por otro lado, persistió incólume la estructura de «escisión», y así también las esferas de las actividades llamadas «femeninas», externas al trabajo oficial. De esta manera, las mujeres fueron sometidas a una doble carga y, al mismo tiempo, expuestas a imperativos sociales totalmente antagónicos. Dentro de la esfera del trabajo quedaron hasta hoy, en su gran mayoría, en puestos mal pagados y subalternos.
Ninguna lucha, interior al sistema, por objetivos femeninos de carrera y oportunidades puede cambiar nada de esto. La miserable visión burguesa de «unificación de la profesión y la familia» deja totalmente intocada la separación de las esferas del sistema productor de mercancías, y con ello también la estructura de «escisión» de género. Para la mayoría de las mujeres esta perspectiva no es vivenciable; para la minoría de aquellas que «ganan mejor», se convierte en una posición pérfida de ganador en el apartheid social, en la medida en que se puede delegar el trabajo doméstico y la crianza de los hijos en empleadas mal pagadas (y «obviamente» femeninas).
En la sociedad como un todo, la sagrada esfera burguesa de la llamada vida privada y de familia está, en verdad, cada vez más minada y degradada porque la usurpación de la sociedad del trabajo exige de la persona entera el sacrificio completo, la movilidad y la adaptación temporal. El patriarcado no está abolido, sino que pasa por un asilvestramiento en la crisis inconfesada de la sociedad del trabajo. En la misma medida en que el sistema productor de mercancías empieza a colapsar, las mujeres se vuelven responsables de la supervivencia en todos los niveles, mientras el mundo «masculino» prolonga como simulacro las categorías de la sociedad del trabajo.

«La humanidad tenía que someterse a terribles privaciones hasta que se formase el yo, el carácter idéntico, determinado y viril del hombre, y toda infancia es aún, en cierta forma, la repetición de ello.» (Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración)

8. El trabajo y la actividad de la minoridad

No sólo de hecho, sino también conceptualmente, se demuestra la identidad entre trabajo y minoridad. Hasta hace pocos siglos, los hombres tenían conciencia del nexo entre trabajo y coerción social. En la mayoría de las lenguas europeas, el término «trabajo» se relaciona originalmente sólo con la actividad de una persona jurídicamente menor, del dependiente, del siervo o del esclavo. En los países de lengua germánica, la palabra Arbeit significa trabajo arduo de una criatura huérfana y, por eso, sierva. En latín, laborare significaba algo como el «vacilar del cuerpo debajo de una carga pesada», y en general era usado para designar el sufrimiento y el maltrato del esclavo. Las palabras latinas travail, trabajo, etc., se derivan del latín tripalium, una especie de yugo utilizado para la tortura y el castigo de los esclavos y otros no libres. La expresión idiomática alemana Joch der Arbeit («yugo del trabajo») evoca todavía este sentido.
«Trabajo», en consecuencia, por su origen etimológico, tampoco es sinónimo de una actividad humana autodeterminada, sino que apunta a un destino social infeliz. Es la actividad de aquellos que perdieron su libertad. La ampliación del trabajo a todos los miembros de la sociedad es, por ello, nada más que la generalización de la dependencia servil, y su adoración moderna sólo la elevación cuasi religiosa de este estado.
Esta relación pudo ser reprimida con éxito y la exigencia social, interiorizada, porque la generalización del trabajo fue acompañada por su «objetivación» a través del moderno sistema productor de mercancías: la mayoría de las personas ya no está bajo el látigo de un señor personal. La dependencia social se convirtió en una relación abstracta del sistema y, precisamente por eso, total. Se la puede sentir en todos los sitios, pero no es palpable. Cuando cada uno se transformó en siervo, se transformó al mismo tiempo en señor, su propio traficante de esclavos y administrador. Todos obedecen al dios invisible del sistema, al «Gran Hermano» de la valorización del capital, que los subyuga bajo el tripalium.

9. La historia sangrienta de la imposición del trabajo

La historia de la modernidad es la historia de la imposición del trabajo, que dejó su amplio rastro de devastación y horror en todo el planeta. Nunca la exigencia de gastar la mayor parte de la energía vital para un fin en sí mismo determinado externamente fue tan interiorizada como hoy. Se requirieron varios siglos de violencia abierta en gran escala para torturar a los hombres con el objeto de hacerles prestar servicio incondicional al dios-trabajo.
Al principio, al contrario de lo que se dice comúnmente, no fue la ampliación de las relaciones de mercado, con un consecuente «crecimiento del bienestar», sino el hambre insaciable de dinero de los aparatos del Estado absolutista, para financiar las primeras máquinas militares modernas. Solamente debido al interés de esos aparatos, que por primera vez en la historia sofocaron a toda una sociedad burocráticamente, se aceleró el desarrollo del capital mercantil y financiero urbano, superando las formas comerciales tradicionales. Solamente de esta manera el dinero se convirtió en el motivo social central, y el abstractum trabajo en una exigencia social central, sin tener en consideración las necesidades.
No fue voluntariamente como la mayoría de los hombres pasaron a una producción para mercados anónimos y así a una economía monetaria generalizada, sino que la avidez absolutista de dinero monetarizó los impuestos, aumentándolos simultáneamente de forma exorbitante. Aquéllos no necesitaban «ganar dinero» para sí mismos, pero sí para el militarizado Estado de armas de fuego, protomoderno, para su logística y su burocracia. Así, y no de otro modo, nació el fin en sí mismo absurdo de la valorización del capital y del trabajo.
No pasó mucho tiempo antes de que los impuestos monetarios y las tasas fuesen ya insuficientes. Los burócratas absolutistas y los administradores del capital financiero comenzaron a organizar coercitivamente a los hombres directamente como material de una máquina social para la transformación del trabajo en dinero. El modo tradicional de vida y de existencia de la población fue destruido; no porque esta población se estuviese «desarrollando» voluntariamente y de manera autodeterminada, sino porque debía servir como material humano para una máquina de valorización ya puesta en acción. Los hombres fueron expulsados de sus campos por la fuerza de las armas para dar lugar a la crianza de ovinos para las manufacturas de las ciudades. Derechos antiguos como la libertad de caza, de pesca y de recolección de leña en los bosques desaparecieron. Y cuando las masas pauperizadas deambulaban mendigando y robando por el territorio, se las internaba en casas de trabajo y manufacturas para ser maltratadas con máquinas de tortura de trabajo y para adquirir a palos una conciencia de esclavos, a fin de convertirse en animales de trabajo obedientes.
Pero tampoco la transformación por etapas de sus vasallos en material del dios-trabajo hacedor de dinero fue suficiente para los monstruosos Estados absolutistas. Ampliaron sus pretensiones a otros continentes. La colonización interna de Europa fue acompañada por la colonización externa, primero en las dos Américas y en partes de África. Allí, los administradores del trabajo perdieron definitivamente sus pudores. En campañas militares de robo, destrucción y exterminio sin precedentes, asaltaron los mundos recientemente «descubiertos» –allá las víctimas no eran consideradas seres humanos. En su aurora, el Poder europeo antropófago de la sociedad del trabajo definió las culturas extranjeras subyugadas como «salvajes» y antropófagas.
Así, fue creada la ley de legitimación para eliminarlos o esclavizarlos por millones. La esclavitud en sentido literal, que en las economías coloniales de plantación de materias primas superó en dimensiones a la esclavitud antigua, forma parte de los crímenes fundadores del sistema productor de mercancías. Allí se utilizó en gran estilo, por primera vez, la «destrucción a través del trabajo». Ésa fue la segunda fundación de la sociedad del trabajo. Con los «salvajes», el hombre blanco, que ya estaba marcado por el autodisciplinamiento, podía liberar el odio a sí mismo reprimido y su complejo de inferioridad. Los «salvajes» equivalían para ellos a las «mujeres», es decir, semi-seres entre el hombre y el animal, primitivos y naturales. Immanuel Kant suponía, con precisión lógica, que el babuino podría hablar si quisiese, sólo que no hablaba porque temía ser reclutado para el trabajo.
Este razonamiento grotesco arroja una luz reveladora sobre la Ilustración. El ethos represivo del trabajo de la modernidad, que se basó, en su versión protestante original, en la misericordia divina y, a partir de la Ilustración, en la ley natural, fue enmascarado como «misión civilizadora». Cultura, en este sentido, es sumisión voluntaria al trabajo; y trabajo es masculino, blanco y «occidental». Por el contrario, lo no-humano, la naturaleza amorfa y sin cultura es femenino, de color y «exótico»; en consecuencia, debe ser puesto bajo coerción. En una palabra: el «universalismo» de la sociedad del trabajo es ya totalmente racista desde su raíz. El abstractum trabajo universal sólo puede autodefinirse por el distanciamiento de todo lo que no está unido a él.
No fueron los pacíficos comerciantes de las antiguas rutas mercantiles –de donde nació la burguesía moderna que, finalmente, heredó al absolutismo– quienes formaron el humus social del «empresariado» moderno, sino los condottieri de las órdenes mercenarias de la protomodernidad, los administradores del trabajo y de las cadenas, los arrendatarios del derecho de la recaudación de impuestos, los tratantes de esclavos y los agiotistas. Las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX no tienen ninguna relación con la emancipación: sólo reorganizaron las relaciones de poder internamente al sistema de coerción creado, separaron las instituciones de la sociedad del trabajo de los intereses dinásticos superados e impulsaron su objetivación y despersonalización. Fue la gloriosa Revolución Francesa la que declaró con pathos específico el deber del trabajo e introdujo, en una «ley de eliminación de la mendicidad», nuevas prisiones de trabajo.
Esto fue exactamente lo contrario de lo que pretendían los movimientos sociales rebeldes que brillaron al margen de las revoluciones burguesas, sin integrarse a ellas. Ya mucho antes hubo formas autónomas de resistencia y rechazo con las que la historiografía oficial de la sociedad del trabajo y de la modernización no sabe cómo lidiar. Los productores de las antiguas sociedades agrarias, que nunca estuvieron de acuerdo completamente sin resistencias con las relaciones de poder feudal, no querían, de ningún modo, conformarse como «clase trabajadora» de un sistema externo. Desde las guerras campesinas de los siglos XV y XVI, hasta los levantamientos posteriormente denunciados como ludditas, o destructores de máquinas, y la revuelta de los tejedores de Silesia de 1844, se da una secuencia de luchas encarnizadas de resistencia contra el trabajo. La imposición de la sociedad del trabajo y una guerra civil –a veces abierta, a veces latente– en el transcurso de los siglos, fueron idénticas.
Las antiguas sociedades agrarias eran cualquier cosa, menos paradisíacas. Pero la coerción monstruosa de la invasión de la sociedad del trabajo fue vivida, por la mayoría, como un empeoramiento y como un «período de desesperación». En efecto, a pesar del estrechamiento de las relaciones, los hombres todavía tenían algo que perder. Lo que en la falsa conciencia del mundo moderno aparece inventado como una calamitosa Edad Media de oscuridad y plaga, fue, en realidad, el terror de su propia historia. En las culturas pre y no-capitalistas, dentro y fuera de Europa, el tiempo de actividad de producción diaria o anual era mucho más reducido que hoy para los «ocupados» modernos en fábricas y oficinas. Aquella producción estaba lejos de ser intensificada como en la sociedad del trabajo, pues estaba permeada por una nítida cultura de ocio y de «lentitud» relativa. Salvo catástrofes naturales, las necesidades básicas materiales estaban mucho más aseguradas que en muchos períodos de la modernización, y mejor también que en las horribles chabolas del actual mundo en crisis. Además, el poder no entraba tanto en los poros como en las sociedades del trabajo totalmente burocratizadas.
Por eso, la resistencia contra el trabajo sólo podía ser quebrada militarmente. Hasta hoy, los ideólogos de la sociedad del trabajo disimulan, afirmando que la cultura de los productores premodernos no era «desarrollada», y que se habría ahogado en su propia sangre. Los actuales ilustrados demócratas del trabajo responsabilizan de esas monstruosidades, preferentemente, a las «condiciones predemocráticas» de un pasado enterrado, con el cual ellos no tendrían nada que ver. No quieren admitir que la historia terrorista originaria de la modernidad revela también la esencia de la actual sociedad del trabajo. La administración burocrática del trabajo y la integración estatal de los hombres en las democracias industriales nunca pudieron negar sus orígenes absolutistas y coloniales. Bajo la forma de objetivación de una relación impersonal del sistema, creció la administración represiva de los hombres en nombre del dios-trabajo, penetrando en todas las esferas de la vida.
Precisamente hoy, en la agonía del trabajo, se siente nuevamente la férrea mano burocrática, como en los albores de la sociedad del trabajo. La administración del trabajo se revela como el sistema de coerción que siempre fue, en la medida en que organiza el apartheid social y procura suprimir, en vano, la crisis por medio de la democrática esclavitud estatal. De modo semejante, el absurdo colonial retorna en la administración económica coercitiva de los países sucesivamente ya arruinados de la periferia a través del Fondo Monetario Internacional. Después de la muerte de su dios, la sociedad del trabajo recuerda, en todos los aspectos, los métodos de sus crímenes de fundación, que, aun así, no la salvarán.
«El bárbaro es prejuicioso y se diferencia del hombre culto en la medida en que queda sumergido en su embrutecimiento, puesto que la formación práctica consiste justamente en el hábito y en la necesidad de ocupación.» (Georg W. F. Hegel, Principios de la Filosofía del Derecho, 1821)
«En el fondo ahora se siente... que un trabajo tal es la mejor policía, pues detiene a cualquiera y sabe impedir fuertemente el desarrollo de la razón, de la voluptuosidad y del deseo de independencia. Porque hace depender extraordinariamente una gran cantidad de fuerza de los nervios, y despoja a esta fuerza de la reflexión, de la meditación, del soñar, del inquietarse, del amar y del odiar.» (Friedrich Nietzsche, Los apologistas del trabajo, 1881)


10. El movimiento de los trabajadores fue un movimiento a favor del trabajo

El clásico movimiento de los trabajadores, que vivió su ascenso sólo mucho tiempo después de la declinación de las antiguas revueltas sociales, ya no luchó contra la exigencia del trabajo, sino que desarrolló una verdadera hiperidentificación con lo aparentemente inevitable. Sólo aspiraba a «derechos» y a mejoras internas de la sociedad del trabajo, cuyas coerciones tenía ya ampliamente interiorizadas. En vez de criticar radicalmente la transformación de energía en dinero como fin en sí mismo irracional, él mismo asumió «el punto de vista del trabajo» y comprendió la valorización como un hecho positivo y neutro.
De esta manera, el movimiento de los trabajadores asumió la herencia del absolutismo, del protestantismo y de la Ilustración burguesa. La infelicidad del trabajo se convirtió en falso orgullo del trabajo, redefiniendo como «derecho humano» su propio adiestramiento como material humano del dios moderno. Los ilotas domesticados del trabajo volvieron ideológicamente, por así decir, el fetiche contra el brujo, transformándose en misioneros para reclamar el «derecho al trabajo» y, por otro lado, reivindicar el «deber de trabajo para todos». No se combatió a la burguesía como soporte funcional de la sociedad del trabajo, sino que al contrario se la insultó como parasitaria, exactamente en nombre del trabajo. Todos los miembros de la sociedad, sin excepción, debían ser reclutados coercitivamente por los «ejércitos del trabajo».
El propio movimiento de los trabajadores se transformó, así, en el marcapasos de la sociedad del trabajo capitalista. Fue el que impuso los últimos grados de objetivación contra los soportes burgueses limitados del siglo XIX y comienzos del XX en el proceso de desarrollo del trabajo; de un modo semejante al que la burguesía había heredado del absolutismo un siglo antes. Esto sólo fue posible porque los partidos de trabajadores y los sindicatos, en el transcurso de su divinización del trabajo, se relacionaron también positivamente con el aparato del Estado y con las instituciones represivas de la administración del trabajo que, al fin de cuentas, no querían suprimir, sino, en una cierta «marcha a través de las instituciones», ocupar. De esta forma asumieron, como anteriormente hiciera la burguesía, las tradiciones burocráticas de la administración de hombres en la sociedad del trabajo que viene desde el absolutismo.
Pero la ideología de una generalización social del trabajo exigía también una nueva relación política. En lugar de la división en estamentos con «derechos» políticos diferenciados (por ejemplo, derecho electoral censitario), en la sociedad del trabajo sólo parcialmente impuesta fue necesario que apareciese la igualdad democrática general del «Estado de trabajo» consumado. Y los desperfectos en el funcionamiento de la máquina de valorización, a partir del momento en que ésta pasó a determinar toda la vida social, exigían ser equilibrados por un «Estado Social». También para esto, el movimiento de los trabajadores aportó el modelo. Bajo el nombre de «socialdemocracia», se convirtió en el mayor movimiento civil de la historia que, sin embargo, no podía sino cavar su propia fosa. Pues en la democracia todo se torna negociable, menos las coerciones de la sociedad del trabajo que están axiomáticamente presupuestas. Lo que se puede discutir son sólo las modalidades y la orientación de estas coerciones: siempre es posible elegir entre Omo y Persil [marcas de jabón en polvo para lavadoras, T.], entre la peste y el cólera, entre la estupidez y el descaro, entre Kohl y Schröeder.
La democracia de la sociedad del trabajo es el sistema de dominación más pérfido de la historia –es un sistema de auto-opresión. Por eso, esta democracia nunca organiza la libre autodeterminación de los miembros de la sociedad sobre los recursos colectivos, sino sólo la forma jurídica de las mónadas de trabajo socialmente separadas entre sí, que, en la concurrencia, arriesgan su piel en el mercado de trabajo. Democracia es lo opuesto a libertad. Y así, los seres humanos de trabajo democrático se dividen, necesariamente, en administradores y administrados, empresarios y emprendidos, élites funcionales y material humano. Los partidos políticos, en particular los partidos de los trabajadores, reflejan fielmente esta relación en su propia estructura. Conductor y conducidos, VIPs y pueblo, militantes y simpatizantes apuntan a una relación que ya no tiene nada que ver con un debate abierto y toma de decisiones. Forma parte de esta lógica sistémica el que las propias élites sólo puedan ser funcionarios dependientes del dios-trabajo y de sus orientaciones ciegas.
Como mínimo desde el nazismo, todos los partidos son partidos de los trabajadores y, al mismo tiempo, partidos del capital. En las «sociedades en desarrollo» del Este y del Sur, el movimiento de los trabajadores se transformó en un partido del terrorismo estatal de modernización tardía; en Occidente, en un sistema de «partidos populares» con programas fácilmente sustituibles y figuras representativas en los media. La lucha de clases está en su fin porque la sociedad del trabajo también lo está. Las clases se muestran como categorías sociales funcionales del mismo sistema fetichista, en la misma medida en que este sistema se va extinguiendo. Si socialdemócratas, verdes y ex comunistas destacan en la administración de la crisis desarrollando programas de represión especialmente infames, con esto se muestran como los legítimos herederos del movimiento de los trabajadores, que nunca quiso nada más allá de trabajo a cualquier precio.

«Llevar el cetro, debe el trabajo,
siervo sólo debe ser quien en el ocio insiste;
Gobernar el mundo, debe el trabajo,
Pues sólo por él, el mundo existe.»
Friedrich Stampfer, 1903

11. La crisis del trabajo

Después de la Segunda Guerra Mundial, por un breve período histórico podía parecer que la sociedad del trabajo en las industrias fordistas se había consolidado en un sistema de «prosperidad eterna», en el cual la insoportabilidad del fin en sí coercitivo hubiese sido pacificado duraderamente por el consumo de masas y el Estado Social. A pesar de que ésta ha sido siempre una idea ilótica y democrática que sólo se refería a una pequeña minoría de la población mundial, en los centros fracasó también necesariamente. Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica, la sociedad mundial del trabajo llegó a su límite histórico absoluto.
Que este límite sería alcanzado tarde o temprano, era lógicamente previsible. Pues el sistema productor de mercancías padece, desde su nacimiento, de una contradicción incurable. Por un lado, vive del hecho de absorber en masa energía humana mediante el gasto de trabajo para su maquinaria: cuanto más, mejor. Por otro, sin embargo, impone, de acuerdo con la ley de la competencia empresarial, un aumento de la productividad, por la cual la fuerza de trabajo humana es sustituida por capital objetivado cientifizado.
Esta autocontradicción ya fue la causa profunda de todas las crisis anteriores, entre ellas la desastrosa crisis económica de 1929-33. Sin embargo, estas crisis siempre podían ser superadas por un mecanismo de compensación: en un nivel cada vez más elevado de productividad, eran absorbidas –después de un cierto tiempo de incubación y a través de la ampliación de mercados integradora de nuevos segmentos de consumidores– mayores cantidades de trabajo que las de aquel anteriormente racionalizado. Se reducía el gasto de fuerza de trabajo por producto, pero se producía en términos absolutos más productos, de modo que la reducción podía ser compensada. En cuanto las innovaciones de los productos superaban a las innovaciones de los procesos, la autocontradicción del sistema podía traducirse en un movimiento de expansión.
El ejemplo histórico a destacar es el del automóvil: por medio de la cadena de montaje y otras técnicas de racionalización de la «ciencia del trabajo» (primero en la fábrica de Henry Ford, en Detroit), se redujo el tiempo de trabajo para cada automóvil en una fracción. Simultáneamente, el trabajo se intensificó de manera gigantesca, esto es, en el mismo intervalo de tiempo se absorbió material humano de forma multiplicada. Principalmente el automóvil, hasta entonces un producto de lujo para la alta sociedad, pudo ser incluido en el consumo de masas por su consecuente abaratamiento.
De esta manera, a pesar de la racionalización de la producción en línea, el hambre insaciable de energía humana del dios-trabajo fue satisfecha en un nivel superior. Al mismo tiempo, el automóvil es un ejemplo central del carácter destructivo del modo de producción y consumo altamente desarrollado de la sociedad del trabajo. En interés de la producción en masa de automóviles y del transporte individual en masa, el paisaje es asfaltado, impermeabilizado y se vuelve feo, el medio ambiente contaminado y se acepta resignadamente que en las calles del mundo, año tras año, se desencadene una tercera guerra mundial no declarada con millones de muertos y mutilados.
Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica concluye el mecanismo de compensación por la expansión, hasta entonces vigente. Es verdad que, obviamente, a través de la microelectrónica, muchos productos también se abaratan y se crean otros nuevos (principalmente en la esfera de los media). Pero, por primera vez, la velocidad de innovación del proceso supera a la velocidad de innovación del producto. Por primera vez, más trabajo es racionalizado que el que puede ser reabsorbido por la expansión de los mercados. Como continuación lógica de la racionalización, la robótica electrónica sustituye a la energía humana, o las nuevas tecnologías de comunicación vuelven el trabajo superfluo. Sectores enteros y niveles de la construcción civil, de la producción, del marketing, del almacenamiento, de la distribución e incluso del gerenciamiento son excluidos. Por primera vez el dios-trabajo se somete, involuntariamente, a una ración de hambre permanente. Así, provoca su propia muerte.
Una vez que la sociedad democrática del trabajo ha llegado a ser un sistema con el fin en sí mismo maduro y autorreflexivo, no es posible dentro de sus formas ninguna alteración para una reducción de la jornada general. La racionalidad empresarial exige que masas cada vez mayores se conviertan en «desempleados» permanentemente y, de este modo, queden separados de la reproducción de su vida inmanente al sistema. Por otra parte, un número cada vez más reducido de «ocupados» son sometidos a una caza cada vez mayor de trabajo y eficiencia. Incluso en los centros capitalistas, en medio de la riqueza vuelven la pobreza y el hambre, medios de producción y áreas agrícolas intactas quedan en «barbecho», viviendas y predios públicos en masa permanecen vacíos, mientras que el número de los sin-techo crece sin cesar.
El capitalismo se transforma en un espectáculo global para minorías. En su desesperación, el dios-trabajo agonizante se convierte en caníbal de sí mismo. En busca de sobras para alimentar el trabajo, el capital dinamita los límites de la economía nacional y se globaliza en una competencia nómada de represión. Regiones mundiales enteras son aisladas de los flujos globales de capital y mercancías. En una ola de fusiones e «integraciones no amistosas» sin precedentes históricos, los monopolios se preparan para la última batalla de la economía empresarial. Los Estados y naciones desorganizados implosionan, y las poblaciones, empujadas a la locura de la competencia por la supervivencia, se atacan en guerras étnicas de bandos.

«El propio capital es la contradicción en proceso, pues tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que pone, por otro lado, el tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza (...) Así, por una parte, convoca para la vida a todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la combinación y del intercambio social para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, pretende medir esas gigantescas fuerzas sociales, así creadas, por el tiempo de trabajo, y contenerlas dentro de los límites exigidos para mantener como valor el valor ya creado.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857-1858)


«El principio moral básico es el derecho del hombre a su trabajo (...) desde mi punto de vista no hay nada más detestable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a esto. La civilización no tiene lugar para los ociosos.» (Henry Ford)


12. El fin de la política

Necesariamente, la crisis del trabajo tiene como consecuencia la crisis del Estado y, por tanto, la de la política. Por principio, el Estado moderno debe su trayectoria al hecho de que el sistema productor de mercancías requiere una instancia superior que le garantice, en el marco de la concurrencia, los fundamentos jurídicos normales y los presupuestos de la valorización –incluyendo un aparato de represión para el caso de que el material humano se insubordine contra el sistema. En su forma madura de democracia de masas, el Estado en el siglo XX precisaba asumir, de forma creciente, tareas socioeconómicas: a esto no sólo pertenece la red social, sino también la salud y la educación, la red de transporte y comunicación, infraestructuras de toda clase que son indispensables para el funcionamiento de la sociedad del trabajo industrial y que no pueden ser propiamente organizadas como proceso de valorización industrial. Pues como infraestructuras necesitan estar permanentemente a disposición en el ámbito de la sociedad total y cubriendo todo el territorio. Por tanto, no pueden seguir las coyunturas del mercado de la oferta y la demanda. Como el Estado no es una unidad de valorización autónoma, él mismo no transforma trabajo en dinero, y debe sacar dinero del proceso real de la valorización. Agotada la valorización, se agotan también las finanzas del Estado. El supuesto soberano social se presenta totalmente dependiente frente a la economía ciega y fetichizada de la sociedad del trabajo. Puede legislar cuanto quiera; cuando las fuerzas productivas superan el sistema de trabajo, el derecho estatal positivo, el cual sólo puede relacionarse siempre con sujetos del trabajo, se desvanece.
Con el creciente desempleo de masas, se agotan las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre los rendimientos del trabajo. Las redes sociales se rompen después que se alcanza una masa crítica de «superfluos», que sólo pueden ser alimentados de modo capitalista a través de la redistribución de otros rendimientos monetarios. En la crisis, con el proceso acelerado de concentración del capital, que sobrepasa las fronteras de las economías nacionales, son excluidas también las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre las ganancias de las empresas. Los monopolios transnacionales obligan a los Estados que compiten por inversiones a hacer dumping fiscal, social y ecológico.
Es precisamente este desarrollo el que que hace que el Estado democrático se transforme en mero administrador de la crisis. Cuanto más se acerca al desastre financiero, tanto más se reduce a su núcleo represivo. Las infraestructuras se limitan a las necesidades del capital transnacional. Como antiguamente en los territorios coloniales, la logística se limita, crecientemente, a algunos centros económicos; en cuanto al resto, queda abandonado. Lo que puede ser privatizado se privatiza, aunque cada vez más personas queden excluidas de los servicios de abastecimiento más elementales. Donde la valorización del capital se concentra en un número cada vez más reducido de islas del mercado mundial, ya no interesa el abastecimiento que cubra todo el territorio.
En cuanto no afecta directamente a esferas relevantes para la economía, no interesa si los trenes funcionan o si las cartas llegan. La educación se convierte en un privilegio de los vencedores de la globalización. La cultura intelectual, artística y teórica es remitida a los criterios de mercado y tolera a unos pocos. La salud no es financiable y se divide en un sistema de clases. Primero sin prisa y veladamente, después de manera abierta, se impone la ley de la eutanasia social: porque eres pobre y «superfluo», tienes que morir antes.
Después de entrar en vigor la ley irracional de la sociedad del trabajo, objetivada como «restricción financiera», todos los conocimientos, habilidades y medios de la medicina, la educación y la cultura que se hallaban abundantemente a disposición como infraestructura general son clausurados bajo siete llaves, siendo desmovilizados y vendidos como chatarra –siguiendo el ejemplo de los medios de producción industriales y agrarios que ya no se consideran rentables. El Estado democrático, transformado en un sistema de apartheid, ya no tiene nada que ofrecer a sus ex ciudadanos de trabajo más allá de la simulación represiva del trabajo, bajo formas de trabajo coercitivo y barato, con reducción de todos los beneficios. En un momento más avanzado, el Estado se desmorona totalmente. El aparato del Estado se asilvestra bajo la forma de una cleptocracia corrupta, los militares bajo la de un bando bélico mafioso, y la policía bajo la del asaltante callejero.
Este desarrollo no puede ser frenado por medio de ninguna política y aún menos revertirse. Pues la política es en su esencia una acción relacionada con el Estado que se vuelve, dentro de las condiciones de desestatización, sin objeto. La fórmula de la democracia izquierdista de la «configuración política» se hace, día tras día, más ridícula. Fuera de la represión infinita, la destrucción de la civilización y el auxilio al «terror de la economía», ya no hay nada que «configurar». Como el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo es el supuesto axiomático de la democracia política, no puede haber ninguna regulación política democrática para la crisis del trabajo. El fin del trabajo se transforma en el fin de la política.

13. La simulación casino-capitalista de la sociedad del trabajo

La conciencia social dominante se engaña sistemáticamente sobre la verdadera situación de la sociedad del trabajo. Las regiones de colapso son ideológicamente excomulgadas, las estadísticas del mercado de trabajo descaradamente falsificadas, las formas de pauperización disimuladas por los media. La simulación es, sobre todo, la característica central del capitalismo en crisis. Esto vale también para la propia economía. Si por lo menos en los países centrales occidentales parecía hasta ahora que el capital sería capaz de acumularse incluso sin trabajo, y que la forma pura del dinero sin sustancia podría garantizar la continua valorización del valor, esta apariencia se debe a un proceso de simulación de los mercados financieros. Como reflejo de la simulación del trabajo mediante medidas coercitivas de la administración democrática del trabajo, se formó una simulación de la valorización del capital mediante la desconexión especulativa del sistema crediticio y de los mercados accionarios de la economía real.
La utilización de trabajo presente es sustituida por la usurpación de la utilización de trabajo futuro, el cual nunca se realizará. Se trata, en cierto modo, de una acumulación de capital en un ficticio «futuro del subjuntivo». El capital-dinero, que ya no puede ser reinvertido de manera rentable en la economía real y que, por eso, no puede absorber más trabajo, tiene que desviarse forzosamente hacia los mercados financieros.
Ya el impulso fordista de la valorización, en los tiempos del «milagro económico» después de la Segunda Guerra, no era totalmente autosustentable. Más allá de sus ingresos fiscales, el Estado tomó créditos en cantidades hasta entonces desconocidas, puesto que las condiciones estructurales de la sociedad del trabajo ya no eran financiables de otra manera. El Estado empeñó todos sus ingresos reales futuros. De esta manera surgió, por un lado, una posibilidad de inversión capitalista financiera para el capital-dinero «excedente» –se prestaba al Estado con intereses. El Estado pagaba los intereses con nuevos empréstitos y reenviaba inmediatamente el dinero prestado al circuito económico. Por otro lado, financiaba los costos sociales y las inversiones de infraestructura, creando una demanda artificial, en el sentido capitalista, por tanto sin la cobertura de ningún gasto productivo de trabajo. El boom fordista fue prolongado así más allá de su propio alcance, en la medida en que la sociedad del trabajo sangraba su propio futuro.
Este proceso simulativo del proceso de valorización, aún aparentemente intacto, ya alcanzó sus límites junto con el endeudamiento estatal. No sólo en el Tercer Mundo, sino también en los centros, las «crisis de la deuda» estatales no permitirán más la expansión de este procedimiento. Este fue el fundamento objetivo para el avance victorioso de la desregulación neoliberal que, conforme a su ideología, sería acompañada de una reducción drástica de la aportación estatal en el producto social. En verdad, la desregulación y la reducción de las obligaciones del Estado están compensadas por los costos de la crisis, aunque sea bajo la forma de costos estatales de represión y simulación. En muchos Estados, la aportación estatal incluso aumenta.
Pero la acumulación subsecuente del capital ya no puede ser simulada a través del endeudamiento estatal. Por eso se transfiere, desde los años 80, la creación complementaria de capital ficticio a los mercados de acciones. Allí, desde hace tiempo, no se trata más de dividendos, de la participación en las ganancias de la producción real, sino más bien de ganancias de cotización, por el aumento especulativo del valor de los títulos de propiedad en escalas astronómicas. La relación entre la economía real y el movimiento especulativo del mercado financiero se invirtió completamente. El aumento especulativo de la cotización ya no anticipa la expansión de la economía real, sino que, al contrario, el ascenso de la creación ficticia de valor simula una acumulación real que ya no existe.
El dios-trabajo está clínicamente muerto, pero recibe respiración artificial a través de la expansión aparentemente autonomizada de los mercados financieros. Hace tiempo que las empresas industriales tienen ganancias que no resultan de la producción y venta de productos reales –lo cual se ha convertido en un negocio deficitario–, sino de la participación en la especulación de acciones y divisas elaborada por un departamento financiero «experto». Los presupuestos públicos muestran ingresos que no derivan de impuestos o tomas de créditos, sino de la participación aplicada de la administración financiera en los mercados de casino. Los presupuestos privados, en los cuales los ingresos reales de salarios se han reducido dramáticamente, consiguen mantener todavía un consumo elevado a través de los préstamos de las ganancias en los mercados accionarios. Se crea así una nueva forma de demanda artificial que, a su vez, tiene como consecuencia una producción real y unos ingresos estatales reales «sin suelo para los pies».
De esta manera, la crisis económica mundial está siendo aplazada por el proceso especulativo; pero como el aumento ficticio del valor de los títulos de propiedad sólo puede ser una anticipación de la utilización o futuro gasto real de trabajo (en la escala astronómica correspondiente) –lo que ya no ocurrirá–, entonces el engaño objetivado será desenmascarado necesariamente, después de un cierto período de incubación. El colapso de los emerging markets de Asia, América Latina y el Este europeo ofreció apenas el primer sabor. Es sólo cuestión de tiempo el que colapsen los mercados financieros de los EE.UU., la Unión Europea y Japón.
Este contexto es percibido de una forma totalmente distorsionada en la conciencia fetichizada de la sociedad del trabajo y, principalmente, en la de los «críticos del capitalismo» tradicionales de la izquierda y la derecha. Fijados en el fantasma del trabajo, que fue ennoblecido en cuanto condición existencial suprahistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y efecto. El aplazamiento temporal de la crisis, por la expansión especulativa de los mercados financieros, aparece así de manera invertida como supuesta causa de la crisis. Los «especuladores malvados», así llamados a la hora del pánico, arruinan a toda la sociedad del trabajo porque gastan el «buen dinero» que «existe de sobra» en el casino, en vez de invertirlo de una manera sólida y bien educada en maravillosos «puestos de trabajo», a fin de que una humanidad loca por el trabajo pueda tener su «pleno empleo».
Simplemente no entra en estas cabezas, en modo alguno, que la especulación hizo que las inversiones reales se detuvieran, aunque éstas ya se convirtieron en no rentables en el decurso de la tercera revolución industrial, y el alza especulativa es sólo un síntoma de ello. El dinero que aparentemente circula en cantidades infinitas ya no es, incluso en el sentido capitalista, un «buen dinero», sino apenas «aire caliente» con el que se levantó la burbuja especulativa. Cada intento de reventar esta burbuja por medio de cualquier proyecto de medida fiscal (tasa Tobin, etc.) para dirigir nuevamente el capital-dinero hacia los engranajes pretendidamente «correctos» y reales de la sociedad del trabajo, sólo puede llevar a malgastarla más rápidamente.
En vez de comprender que todos nosotros nos convertiremos incesantemente en no rentables, y que por ello se deben atacar tanto el propio criterio de rentabilidad como los fundamentos de la sociedad del trabajo, prefieren satanizar a los «especuladores». Esta imagen barata del enemigo es cultivada al unísono por los radicales de la derecha y los autónomos de la izquierda, funcionarios sindicalistas pequeñoburgueses y nostálgicos keynesianos, teólogos sociales y presentadores de talk shows, en suma, por todos los apóstoles del «trabajo honrado». Pocos son conscientes de que de aquí a la removilización de la locura antisemita sólo hay un pequeño paso. Apelar al capital real «productivo» y de «sangre nacional» contra el capital-dinero «judaico», internacional y usurero, amenaza con ser la última palabra de la «izquierda de los puestos de trabajo», intelectualmente perdida. De cualquier manera, ésta ya es la última palabra de la «derecha de los puestos de trabajo», desde siempre racista, antisemita y antiamericana.

«Tan pronto como el trabajo, en su forma inmediata deja de ser la gran fuente de riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar de ser su medida, y, por ello, el valor de cambio (la medida) del valor de uso. (...) En virtud de esto, la producción fundada en el valor de cambio se desmorona y el propio proceso de producción material inmediato se despoja de la forma de la privación y de la oposición.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857/1858)


14. El trabajo no se deja redefinir

Después de siglos de adiestramiento, el hombre moderno sencillamente no logra imaginar una vida más allá del trabajo. Como principio imperial, el trabajo domina no sólo la esfera de la economía en sentido estricto, sino que permea toda la existencia social hasta los poros de lo cotidiano y de la existencia privada. El «tiempo libre», que por su propia semántica ya es un término de presidio, sirve, desde hace mucho, para «trabajar» mercancías y, así, garantizar la venta necesaria.
Pero por encima del deber interiorizado del consumo de mercancías como fin en sí mismo, la sombra del trabajo se proyecta sobre el individuo moderno también fuera de la oficina y de la fábrica. Tan sólo por levantarse de la poltrona de la TV y volverse activo, cualquier acción que se realiza se transforma en algo parecido al trabajo. El jogger sustituyó el reloj convencional por el cronómetro. En los resplandecientes fitness-studios el Movimiento Incesante experimenta su renacimiento posmoderno, y los conductores hacen en los días festivos tantos y tantos kilómetros como si fuesen a alcanzar el promedio anual de un camionero. E incluso el copular se orienta por las normas DIN/* de la investigación sexual y por los estándares competitivos de las fanfarronadas de los talk shows.
Si el rey Midas vivía al menos como una maldición el hecho de que todo lo que tocaba se convertía en oro, su compañero de sufrimiento moderno superó ese estado. El hombre del trabajo ya no nota, por la adaptación al modelo del trabajo, que cada actividad pierde su cualidad sensible específica y se vuelve indiferente. Al contrario, otorga sentido, razón de ser y significado social a cualquier actividad sólo a través de esa adaptación a la indiferencia del mundo de la mercancía. Con un sentimiento como de luto, el sujeto del trabajo no sabe qué hacer; sin embargo, la transformación del luto en «trabajo de luto» hace de ese cuerpo extraño emocional algo conocido, a través de lo cual se puede intercambiar con sus semejantes. Hasta el mismo soñar se convierte en «trabajo de sueño», el conflicto con la persona amada se convierte en «trabajo de relación» y el trato con los niños es desrealizado e indiferenciado como «trabajo de educación». Siempre que el hombre moderno insiste en hacer algo con «seriedad», tiene en la punta de la lengua la palabra «trabajo».
El imperialismo del trabajo posee sus reflejos en el lenguaje cotidiano. No sólo tenemos el hábito de inflar la palabra «trabajo», sino que también la usamos en dos niveles significativos totalmente diferentes. Hace tiempo que el «trabajo» ya no significa (como sería adecuado) la forma de actividad capitalista del Movimiento Incesante en sí mismo; antes bien, ese concepto se convierte, borrando sus huellas, en sinónimo de cualquier actividad con un objetivo.
La falta de centro conceptual abona el terreno para una crítica a la sociedad del trabajo tan vulgar e intrascendente que opera exactamente de modo opuesto, es decir, que toma como punto de partida una interpretación positiva del imperialismo del trabajo. Por increíble que parezca, la sociedad del trabajo es acusada de no dominar aún suficientemente la vida con su forma de actividad, porque, presuntamente, definiría el concepto de trabajo de modo «muy estrecho», esto es, excomulgando moralmente el «trabajo para uno mismo» o el trabajo en cuanto «autoayuda no-remunerada» (trabajo doméstico, ayuda vecinal, etc.). Aquélla acepta, como «efectivo», sólo el trabajo-empleo, conforme a la dinámica del mercado. Una revalorización y una ampliación del concepto de trabajo debería eliminar esta fijación unilateral y las jerarquizaciones ligadas a ella.
Este pensamiento no trata de la emancipación de las coerciones dominantes, sino solamente de una corrección semántica. La ilimitada crisis de la sociedad del trabajo debería ser solucionada por la conciencia social a través de la elevación «efectiva» de las formas de actividad hasta entonces inferiores y marginales a la esfera de la producción capitalista, al estado de noble trabajo. Pero la inferioridad de estas actividades no es solamente el resultado de una determinada manera ideológica de ver, sino que pertenece a la estructura fundamental del sistema capitalista y no puede ser superada por redefiniciones morales simpáticas.
En una sociedad dominada por la producción de mercancías como fin en sí mismo, sólo vale como riqueza propiamente dicha lo que es representable en la forma monetaria. El concepto de trabajo, así determinado, brilla de modo imperial sobre todas las otras esferas, pero sólo negativamente, en la medida en que revela estas esferas como dependientes de sí. De esta forma, las esferas externas a la producción de mercancías quedan necesariamente a la sombra de la esfera de producción capitalista, porque no son absorbidas por la lógica abstracta empresarial de economía de tiempo –incluso, y precisamente, cuando ellas son necesarias para la vida, como en el caso de la esfera de actuación escindida y definida como femenina, doméstica privada, de dedicación personal, etc.
Al revés de su crítica radical, una ampliación moralizante del concepto de trabajo no sólo oscurece el imperialismo social real de la economía productora de mercancías, sino que también se integra perfectamente en las estrategias autoritarias de la administración estatal de la crisis. La reivindicación hecha desde los años 70 para que el «trabajo doméstico» y las actividades del «tercer sector» fuesen también reconocidas socialmente como trabajos válidos, especuló, desde el primer momento, con una remuneración estatal en dinero. El Estado en crisis volvió el fetiche contra el hechicero y movilizó el impulso moral de esta reivindicación en el sentido del famoso «principio del subsidio» justamente contra sus expectativas materiales.
El cantar de los cantares de la «función honorífica» y del «trabajo voluntario» no trata del permiso de revolver en las arcas financieras casi vacías del Estado, pero se convierte en una coartada para el recurso de los Estados a los programas, ahora en marcha, de trabajo coercitivo y para la tentativa sórdida de trasladar el peso de la crisis, principalmente, sobre las mujeres. Las instituciones sociales oficiales abandonan su responsabilidad social con la llamada tan amigable como gratuita a que «todos nosotros» combatamos, por iniciativa privada, tanto la miseria propia como la de los otros, sin formular ninguna reivindicación material. Así, confundido como programa de emancipación, el malabarismo definidor del santificado concepto de trabajo abre las puertas al intento estatal de suprimir el trabajo asalariado a través de la eliminación del salario, con el simultáneo mantenimiento del trabajo en el desierto de la economía de mercado. Se comprueba así, involuntariamente, que la emancipación social no puede tener como contenido la revalorización del trabajo, sino la consciente desvalorización del trabajo.
«Junto a los servicios materiales, también los servicios personales y simples pueden elevar el bienestar material. De este modo, se puede elevar el bienestar de un cliente cuando un prestador de servicio le quita el trabajo que él mismo tendría que hacer. Al mismo tiempo se eleva el bienestar de los prestadores de servicio cuando su sentimiento de autoestima se eleva a través de la actividad. Ejercer un servicio simple y relacionado con una persona es mejor para la psiquis que estar desempleado.» (Informe de la Comisión para Cuestiones del Futuro de los Estados Libres de Baviera y Sajonia, 1997)


«Preserve el conocimiento comprobado en el trabajo; puesto que la propia naturaleza confirma este conocimiento, dígale sí a él. En el fondo, usted no tiene otro conocimiento si no es aquel que fue adquirido por medio del trabajo; el resto es una hipótesis del saber.» (Thomas Carlyle, Trabajar y no desesperar, 1843).


15. La crisis de la lucha de intereses

Aunque la crisis fundamental del trabajo sea reprimida o transformada en tabú, impregna todos los conflictos sociales actuales. La transición de una sociedad de integración de masas hacia un orden de selección y apartheid no llevó a una nueva etapa de la vieja lucha de clases entre capital y trabajo, sino a una crisis categorial de la propia lucha de intereses inmanente al sistema. Ya en la época de la prosperidad, después de la Segunda Guerra Mundial, la antigua importancia de la lucha de clases palideció. Pero no porque el sujeto revolucionario «en sí» fuese integrado al cuestionable bienestar mediante manipulaciones y corrupción, sino al contrario porque aquél vio en la superficie, en el estadio de desarrollo fordista, la identidad lógica de capital y trabajo en cuanto categorías sociales funcionales de una forma fetichista social común. El deseo inmanente al sistema de vender la mercancía fuerza de trabajo en las mejores condiciones posibles perdió cualquier impulso trascendente.
Si, hasta los años 70, se trataba todavía de la lucha por la participación de las capas más amplias posibles de la población en los frutos venenosos de la sociedad del trabajo, este impulso se extinguió bajo las nuevas condiciones de crisis de la tercera revolución industrial. Sólo cuando la sociedad del trabajo se expandió fue posible liberar la lucha de intereses de sus categorías sociales funcionales en gran escala. Sin embargo, en la misma medida en que la base común desapareció, los intereses inmanentes al sistema ya no pudieron ser agrupados en el nivel de la sociedad general. Empezó una desolidarización generalizada. Los asalariados desertan de los sindicatos, los ejecutivos desertan de las confederaciones empresariales. Cada uno para sí y el dios-sistema capitalista contra todos: la individualización siempre anhelada no es nada más que un síntoma de la crisis de la sociedad del trabajo.
En tanto que los intereses pudieron aún ser aglutinados, ello sólo se dio a escala microeconómica. Pues en la misma medida en que, irónicamente, el permiso para insertar la propia vida en el ámbito económico empresarial se convirtió de liberación social en casi un privilegio, las representaciones de intereses de la mercancía fuerza de trabajo degeneraron en una política inescrupulosa de lobbies de segmentos sociales cada vez más pequeños. Quien acepta la lógica del trabajo tiene que aceptar ahora la lógica del apartheid. Sólo se trata todavía de asegurar la venalidad de la propia piel a una clientela restringida, a costa de todos los demás. Hace mucho tiempo que los empleados y los miembros de los comités de empresa ya no encuentran a sus verdaderos adversarios entre los ejecutivos de su empresa, sino entre los asalariados de empresas y «localizaciones» competidoras, da igual si en la ciudad vecina o en el Extremo Oriente. Y cuando se plantea la cuestión de quién será sacrificado en el siguiente paso de la racionalización económica empresarial, también el departamento vecino y el colega inmediato se convierten en enemigos.
La desolidarización radical no sólo alcanza al conflicto empresarial y sindical. Cuando en la crisis de la sociedad del trabajo todas las categorías funcionales insisten más fanáticamente aún en su lógica inherente, esto es, en que todo el bienestar humano sólo puede ser el producto residual de la valorización rentable, entonces el principio de San Floriano/** domina todos los conflictos de intereses. Todos los lobbies conocen las reglas del juego y actúan conforme a tales reglas. Cada dólar que la otra clientela recibe, es un dólar perdido para la clientela propia. Cada ruptura del otro lado de la red social aumenta la posibilidad de prolongar nuestro propio plazo para la horca. El jubilado se convierte en el enemigo natural del contribuyente, el enfermo en enemigo de todos los asegurados, y el inmigrante en el objeto de odio de todos los enfurecidos nativos.
La pretensión de utilizar la lucha de intereses inmanentes al sistema como palanca de emancipación social se agota irreversiblemente. Así, la izquierda clásica ha llegado a su fin. El renacimiento de una crítica radical del capitalismo presupone la ruptura categorial con el trabajo. Únicamente cuando se plantea un nuevo objetivo de emancipación social más allá del trabajo y de sus categorías fetichistas derivadas (valor, mercancía, dinero, Estado, forma jurídica, nación, democracia, etc.), es posible una resolidarización en un nivel más elevado y a una escala de la sociedad como un todo. Sólo desde esta perspectiva se pueden reagrupar las luchas defensivas inmanentes al sistema contra la lógica de la lobización y la individualización; ahora, sin embargo, ya no en la relación positiva, sino en la relación negadora estratégica de las categorías dominantes.
Hasta el momento, la izquierda intenta huir de esta ruptura categorial con la sociedad del trabajo. Rebaja las coerciones del sistema a meras ideologías y la lógica de la crisis a un mero proyecto político de los «dominadores». En lugar de la ruptura categorial, aparece la nostalgia socialdemócrata y keynesiana. No se pretende una nueva universalidad concreta de la formación social más allá del trabajo abstracto y de la forma dinero, sino que, al contrario, la izquierda procura mantener forzosamente la antigua universalidad abstracta de los intereses inmanentes al sistema. Estas tentativas siguen siendo abstractas y ya no logran integrar ningún movimiento social de masas porque pasan inadvertidas en las relaciones reales de crisis.
En particular, esto vale para la reivindicación de la renta mínima o de dinero para la subsistencia. En vez de ligar las luchas sociales concretas defensivas contra determinadas medidas del régimen de apartheid con un programa general contra el trabajo, esta reivindicación pretende construir una falsa universalidad de crítica social, que se mantiene en todos los aspectos abstracta, desamparada e inmanente al sistema. La competencia social de la crisis no puede ser superada así. De una manera ignorante, se sigue presuponiendo el funcionamiento eterno de la sociedad global del trabajo, pues ¿de dónde debería provenir el dinero para financiar la renta mínima garantizada por el Estado sino de los procesos de valorización exitosos? Quien cuenta con este «dividendo social» (el término ya lo explica todo) precisa apostar, al mismo tiempo, y veladamente, por la posición privilegiada de «su propio país» en la competencia global, puesto que sólo la victoria en la guerra global de los mercados podría garantizar provisionalmente el alimento de algunos millones de «superfluos» en la mesa capitalista –obviamente, excluyendo a todas las personas sin el documento de identidad nacional.
Los reformistas «amantes» de la reivindicación de la renta mínima ignoran la configuración capitalista de la forma-dinero en todos los aspectos. En el fondo, entre los sujetos del trabajo y los sujetos del consumo de mercancías capitalistas, sólo quieren salvar a estos últimos. En vez de poner en cuestión el modo de vida capitalista en general, el mundo, a pesar de la crisis del trabajo, seguiría estando sepultado debajo de una avalancha de latas hediondas, de horrorosos bloques de hormigón y de los desechos de mercancías inferiores, para que a los hombres les quede la última y triste libertad que todavía pueden imaginar: la libertad de escoger delante de las estanterías del supermercado.
Pero incluso esta perspectiva triste y limitada es totalmente ilusoria. Sus protagonistas izquierdistas y analfabetos teóricos olvidan que el consumo capitalista de mercancías nunca sirve simplemente para la satisfacción de necesidades, sino que sólo tiene una función de valorización. Cuando la fuerza de trabajo ya no se puede vender, aun las necesidades más elementales son consideradas pretensiones lujosas y desvergonzadas, que deberían ser reducidas al mínimo. Y justamente por eso el programa de renta mínima funciona como vehículo o instrumento de la reducción de los costos estatales y como versión miserable de la transferencia social, que sustituye a los seguros sociales en ruina. En este sentido, el gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, desarrolló originariamente el concepto de renta mínima antes de que la izquierda desarmada lo descubriese como la presunta ancla de salvación. Y con tal contenido, ésta será realidad, o no.

«Se ha comprobado que de acuerdo con las leyes inevitables de la naturaleza humana algunos hombres están expuestos a la necesidad. Éstas son las personas infelices que en la gran lotería de la vida sacaron la mala suerte.» (Thomas Robert Malthus)


16. La superación del trabajo

La ruptura categorial con el trabajo no encuentra ningún campo social inmediato y objetivamente determinado, como en el caso de la lucha de intereses limitada e inmanente al sistema. Se trata de la ruptura con una falsa normatividad objetivada de una «segunda naturaleza», por tanto no de la repetición de una ejecución casi automática, sino de una concientización negadora –rechazo y rebelión sin ninguna «ley de la historia» como apoyo. El punto de partida no puede ser ningún nuevo principio abstracto general, sino sólo el asco ante la propia existencia en cuanto sujeto del trabajo y de la competencia, y el repudio categórico del deber de continuar «funcionando» en un nivel cada vez más miserable.
A pesar de su predominio absoluto, el trabajo nunca consiguió extinguir totalmente la repugnancia contra las coerciones impuestas por él. Al lado de todos los fundamentalismos regresivos y de todos los desvaríos de competencia de la selección social, existe también un potencial de protesta y resistencia. El malestar en el capitalismo está masivamente presente, pero es reprimido en el subsuelo socio-psíquico. No se apela a este malestar. Por eso es necesario un nuevo espacio libre intelectual para poder tornar pensable lo impensable. El monopolio de interpretación del mundo por el campo del trabajo debe ser roto. La crítica teórica del trabajo recibe así un papel de catalizador. Ésta tiene el deber de atacar frontalmente las prohibiciones dominantes del pensar; y expresar, abierta y claramente, aquello que nadie se atreve a saber, pero que muchos sienten: la sociedad del trabajo ha llegado definitivamente a su fin. Y no hay la menor razón para lamentar su agonía.
Sólo la crítica del trabajo formulada expresamente y el debate teórico correspondiente pueden crear aquella nueva contra-esfera pública, que es un presupuesto indispensable para construir un movimiento de práctica social contra el trabajo. Las disputas internas al campo del trabajo se agotarán y se volverán cada vez más absurdas. En consecuencia, es más urgente redefinir las líneas de conflictos sociales en las cuales pueda formarse una unión contra el trabajo.
Se hace preciso esbozar en líneas generales cuáles son las directrices posibles para un mundo más allá del trabajo. El programa contra el trabajo no se alimenta de un cánon de principios positivos, sino a partir de la fuerza de la negación. Si la imposición del trabajo fue acompañada por una larga expropiación del hombre de las condiciones de su propia vida, entonces la negación de la sociedad del trabajo sólo puede consistir en que los hombres se reapropien de su relación social en un nivel histórico superior. Por eso, los enemigos del trabajo desean ardientemente la constitución de uniones mundiales de individuos libremente asociados, para que arranquen de la máquina de trabajo y valorización que gira en falso los medios de producción y de existencia, tomándolos en sus propias manos. Solamente en la lucha contra la monopolización de todos los recursos sociales y potenciales de riqueza por las fuerzas alienantes del mercado y el Estado pueden ser ocupados los espacios sociales de emancipación.
También la propiedad privada debe ser atacada de un modo diferente y nuevo. Para la izquierda tradicional, la propiedad privada no era la forma jurídica del sistema productor de mercancías, sino sólo un poder de «disposición» ominoso y subjetivo de los capitalistas sobre los recursos. Así, pudo aparecer la idea absurda de querer superar la propiedad privada en el terreno de la producción de mercancías. Entonces, como oposición a la propiedad privada, apareció generalmente la propiedad estatal («estatización»). Pero el Estado no es otra cosa que la asociación coercitiva exterior o la universalidad abstracta de productores de mercancías socialmente atomizados, y la propiedad estatal sólo una forma derivada de la propiedad privada, tanto da si con el adjetivo de socialista o sin él.
En la crisis de la sociedad del trabajo, tanto la propiedad privada como la propiedad estatal resultan obsoletas porque las dos formas de propiedad presuponen del mismo modo el proceso de valorización. Por eso los correspondientes medios materiales quedan crecientemente en «barbecho» o presos. Funcionarios estatales, empresariales y jurídicos vigilan celosamente para que esto continúe así y para que los medios de producción antes se pudran que sean utilizados para otro fin. La conquista de los medios de producción por asociaciones libres contra la administración coercitiva estatal o jurídica sólo puede significar que esos medios de producción ya no serán movilizados bajo la forma de producción de mercancías para mercados anónimos.
En lugar de la producción de mercancías, se introduce la discusión directa, el acuerdo y la decisión conjunta de los miembros de la sociedad sobre el uso sensato de los recursos. La identidad institucional social entre productores y consumidores, impensable bajo el dictado del fin en sí mismo capitalista, será construida. Las instituciones alienadas por el mercado y por el Estado serán sustituidas por el sistema en red de consejos, en los cuales las libres asociaciones, de escala barrial a mundial, determinan el flujo de recursos conforme a los puntos de vista de la razón sensible social y ecológica. Ya no es más el fin en sí mismo del trabajo y de la «ocupación» el que determina la vida, sino una organización de la utilización sensata de las posibilidades comunes, que no estarán dirigidas por una «mano invisible» automática, sino por una acción social consciente. La riqueza producida es apropiada directamente según las necesidades, no según el «poder de compra». Junto con el trabajo, desaparece la universalidad abstracta del dinero, tal como la del Estado. En lugar de naciones separadas, una sociedad mundial que ya no necesita fronteras y en la cual todas las personas pueden desplazarse libremente y exigir en cualquier lugar el derecho de permanencia universal.
La crítica del trabajo es una declaración de guerra contra el orden dominante, sin la coexistencia de terrenos acotados con sus respectivas coerciones. El lema de la emancipación social sólo puede ser: ¡Tomemos lo que necesitamos! ¡No nos arrastremos más de rodillas bajo el yugo de los mercados de trabajo y de la administración democrática de la crisis! El supuesto de esto es el control ejercido por nuevas formas sociales de organización (asociaciones libres, consejos) sobre las condiciones de reproducción de toda la sociedad. Esta pretensión diferencia fundamentalmente a los enemigos del trabajo de todos los políticos de cotos y de todos los espíritus mezquinos de un socialismo de colonias de pequeñas huertas.
El dominio del trabajo escinde al individuo humano. Separa al sujeto económico del ciudadano, al animal de trabajo del hombre de tiempo libre, la esfera pública abstracta de la esfera privada abstracta, la masculinidad producida de la feminidad producida, oponiendo así al individuo aislado su propia relación social como un poder extraño y dominador. Los enemigos del trabajo anhelan la superación de esa esquizofrenia mediante la apropiación concreta de la relación social por hombres conscientes, que actúan de manera autorreflexiva.

«El ‘trabajo’ es, en su esencia, la actividad no libre, no humana, no social, determinada por la propiedad privada y que crea a la propiedad privada. La superación de la propiedad privada se efectuará solamente cuando ésta sea concebida como superación del ‘trabajo’.» (Karl Marx, Sobre el libro «El sistema nacional de la economía política» de Friedrich List, 1845)


17. Un programa de aboliciones contra los amantes del trabajo

Los enemigos del trabajo serán acusados de fantasiosos. La historia habría comprobado que una sociedad que no se basa en los principios del trabajo, de la coerción de la producción, de la competencia de mercado y del egoísmo individual, no puede funcionar. Ustedes, apologistas del statu quo, ¿pretenden afirmar que la producción de mercancías capitalistas trae realmente, para la mayoría de los hombres, una vida mínimamente aceptable? ¿Dicen ustedes «funcionar», cuando justamente el crecimiento gigantesco de las fuerzas productivas expulsa de la humanidad a millones de personas, que entonces pueden sentirse felices de sobrevivir entre la inmundicia? ¿Cuando otros millones soportan la vida que transcurre bajo el dictado del trabajo en el aislamiento, en la soledad, en el doping sin placer del espíritu, y enfermando física y psíquicamente? ¿Cuando el mundo se transforma en un desierto sólo para hacer del dinero más dinero? Pues bien, éste es realmente el modo en que su grandioso sistema de trabajo «funciona». ¡No queremos alcanzar estos resultados!

Su autosatisfacción se basa en su ignorancia y en la flaqueza de su memoria. La única justificación que encuentran para sus crímenes actuales y futuros es la situación del mundo que se basa en sus crímenes pasados. Ustedes olvidaron y reprimieron cuántas masacres estatales fueron necesarias para imponer, con torturas, la «ley natural» de su mentira en los cerebros de los hombres, tanto que sería casi una felicidad estar «ocupado», determinado externamente, y dejar que la energía de la vida sea chupada por el fin en sí mismo abstracto de su dios-sistema.

Tenían que ser exterminadas todas las instituciones de la autoorganización y de la cooperación autodeterminada de las antiguas sociedades agrarias, hasta que la humanidad fuera capaz de interiorizar el dominio del trabajo y del egoísmo. Tal vez hayan hecho un trabajo perfecto. No somos exageradamente optimistas. No sabemos si existe aún una liberación de esta existencia condicionada. Queda abierta la cuestión de si la decadencia del trabajo lleva a la superación de la manía del trabajo o al fin de la civilización.

Ustedes argumentarán que con la superación de la propiedad privada y de la coerción de ganar dinero se acabarán todas las actividades y que entonces dará comienzo una pereza generalizada. ¿Confiesan ustedes, por tanto, que todo su sistema «natural» se basa en pura coerción? ¿Y que por eso se obstinan en que la pereza es un pecado mortal contra el espíritu del dios-trabajo? Los enemigos del trabajo no tienen nada en contra de la pereza. Uno de nuestros principales objetivos es la reconstrucción de la cultura del ocio, que todas las sociedades antiguamente conocían y que fue destruida para imponer una producción infatigable y vacía de sentido. Por eso los enemigos del trabajo paralizarán, sin compensación, y en primer lugar, las innumerables ramas de la producción que sólo sirven para mantener, sin tener en consideración ningún tipo de daños, el alucinado fin en sí mismo del sistema productor de mercancías.

No hablamos sólo de las áreas de trabajo con toda claridad enemigas públicas, como la industria automovilística, la de armamentos o la de la energía nuclear, sino también de las de la producción de múltiples prótesis de sentido y objetos ridículos de entretenimiento que deben engañar y fingir para el hombre del trabajo una sustitución para su vida desperdiciada. También tendrá que desaparecer el monstruoso número de actividades que sólo existen porque las masas de productos necesitan ser comprimidas para pasar por el ojo de la aguja de la forma-dinero y de la mediación del mercado. ¿O creen ustedes que todavía serán necesarios contables y calculadores de costos, especialistas en marketing y vendedores, representantes y autores de textos publicitarios cuando las cosas se produzcan según la necesidad o cuando todos simplemente tomen lo que sea necesario? ¿Por qué tendrían aún que existir funcionarios de secretarías de finanzas y policiales, asistentes sociales y administradores de pobreza, cuando ya no habrá ninguna propiedad privada que tenga que ser protegida, cuando ya no será preciso administrar ninguna miseria social y cuando ya no habrá que domar a nadie para la coerción alienada del sistema?

Ya estamos oyendo la exclamación: ¡cuántos empleos! Sí, señor. Calculen con calma cuánto tiempo de vida se le roba diariamente a la humanidad sólo para acumular «trabajo muerto», administrar personas y aceptar el sistema dominante. Cuánto tiempo todos nosotros podríamos deleitarnos al sol, en vez de dejar la piel en cosas cuyo carácter grotesco, represivo y destructor ha llenado ya bibliotecas enteras. Pero no tengan miedo. De ninguna manera se acabarán todas las actividades cuando la coerción del trabajo desaparezca. No obstante, cualquier actividad cambia su carácter cuando ya no está fijada a la esfera de los tiempos de flujo abstractos, vaciada de sentido y con fin en sí, y puede seguir, al contrario, su propio ritmo, individualmente variado e integrado en el contexto de la vida personal; cuando en grandes formas de organización los hombres por sí mismos determinan el curso, en vez de ser determinados por el dictado de la valorización empresarial. ¿Por qué dejarse apresar por las reivindicaciones insolentes de una competencia impuesta? El caso es redescubrir la lentitud.

Obviamente, tampoco desaparecerán las actividades domésticas y de asistencia que la sociedad del trabajo convirtió en invisibles, escindió y definió como «femeninas». Cocinar es tan poco automatizable como cambiar los pañales del bebé. Cuando, junto al trabajo, se supere la separación de las esferas sociales, estas actividades necesarias podrán aparecer bajo la organización social consciente, más allá de cualquier definición sexual. Ellas pierden su carácter represivo cuando las personas ya no se someten entre sí, y cuando son realizadas de acuerdo con las necesidades de los hombres y de las mujeres de la misma forma.

No estamos diciendo que cualquier actividad se transforme, de este modo, en placer. Algunas más, otras menos. Obviamente, siempre hay algo necesario que hacer. ¿Pero a quién le podría asustar si la vida no será devorada por eso? Y siempre habrá muchas cosas que se podrán hacer por libre decisión. Pues la actividad, así como el ocio, es una necesidad. Ni siquiera el trabajo logró marchitar totalmente esta necesidad, sólo la instrumentalizó y la chupó vampíricamente. Los enemigos del trabajo no son fanáticos de un activismo ciego, ni tampoco de una ciega haraganería. Ocio, actividades necesarias y actividades libremente escogidas deben ponerse en una relación que se oriente según las necesidades y los contextos de la vida. Una vez despojadas de las coerciones objetivas capitalistas del trabajo, las fuerzas productivas modernas pueden ampliar enormemente el tiempo libre disponible para todos. ¿Por qué pasar, día tras día, tantas horas en fábricas y oficinas si autómatas de todo tipo pueden asumir una gran parte de esas actividades? ¿Por qué dejar que suden centenares de cuerpos humanos cuando unas pocas segadoras lo hacen todo? ¿Para qué gastar el espíritu en una rutina que el ordenador ejecuta sin ningún problema?

Sin embargo, para estos fines sólo se puede utilizar una mínima parte de la técnica en su forma capitalista dada. La mayor parte de las innovaciones técnicas deben ser transformadas completamente, porque fueron concebidas según los modelos limitados de la rentabilidad abstracta. Por otra parte, muchas posibilidades técnicas no fueron aún desarrolladas por la misma razón. A pesar de que la energía solar se puede reproducir en cualquier parte, la sociedad del trabajo siembra el mundo de usinas nucleares centralizadas y de alta peligrosidad. Y aunque se conocen métodos no agresivos de producción agraria, el cálculo abstracto del dinero arroja millares de venenos al agua, destruye los suelos y contamina el aire. Únicamente por razones empresariales, materiales de construcción y alimentos dan la vuelta al mundo, a pesar de que se pueden producir localmente sin grandes costos. Una gran parte de la técnica capitalista es tan vacía de sentido y superflua como el gasto de energía humana relacionada con ella.

No estamos diciéndoles nada nuevo. Pero aun así, ustedes saben que nunca extraerán las conclusiones de todo esto, pues rechazan cualquier decisión consciente sobre la aplicación sensata de los medios de producción, transporte y comunicación, y sobre cuáles de ellos son maléficos o simplemente superfluos. Cuanto más de prisa recitan su mantra de la libertad democrática, más porfiadamente rechazan la libertad de decisión social más elemental, porque quieren seguir sirviendo al cadáver dominante del trabajo y a sus seudo «leyes naturales».



«Lo que el trabajo significa, no solamente en las condiciones actuales, sino en general, en la medida en que su finalidad es la simple ampliación de la riqueza, es que por sí solo es perjudicial y funesto –y esto sucede sin que el economista nacional (Adam Smith) se entere a partir de sus propias explicaciones.» (Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844)


«Nuestra vida es el asesinato por el trabajo; durante sesenta años estamos colgados y debatiéndonos en la cuerda, pero no la cortamos.» (Georg Büchner, La muerte de Dantón, 1835).

18. La lucha contra el trabajo es antipolítica

La superación del trabajo es todo, menos una utopía en las nubes. La sociedad mundial no puede continuar en su forma actual durante más de cincuenta o cien años. El hecho de que los enemigos del trabajo se ocupen de un dios-trabajo clínicamente muerto no quiere decir que su tarea se vuelva necesariamente más fácil. Cuanto más se agrava la crisis de la sociedad del trabajo y cuanto más fallan todas las tentativas para modificarla, tanto más crece el abismo entre el aislamiento de las mónadas sociales abandonadas y las reivindicaciones de un movimiento de apropiación de la sociedad como un todo. El creciente asilvestramiento de las relaciones sociales en vastas zonas del mundo demuestra que la vieja conciencia del trabajo y de la competencia desciende a niveles cada vez más bajos. La descivilización por etapas, a pesar de todos los impulsos de un malestar en el capitalismo, parece la forma del curso natural de la crisis.

Justamente, frente a perspectivas tan negativas, sería fatal situar la crítica práctica del trabajo al cabo de un programa amplio en relación a la sociedad como un todo y limitarse a construir una economía precaria de supervivencia en las ruinas de la sociedad del trabajo. La crítica del trabajo sólo tiene una posibilidad cuando lucha contra la corriente de des-socialización, en vez de dejarse llevar por ésta. Los modelos civilizatorios ya no pueden ser defendidos con la política democrática, sino sólo contra ella.

Quien desea la apropiación emancipatoria y la transformación de todo el contexto social difícilmente puede ignorar la instancia que hasta entonces organizó las condiciones generales de este contexto. Es imposible rebelarse contra la apropiación de las propias potencialidades sociales sin enfrentarse con el Estado. Pues el Estado no sólo administra cerca de la mitad de la riqueza social, sino que también asegura la subordinación coercitiva de todas los potenciales sociales bajo el mandamiento de la valorización. Si los enemigos del trabajo no pueden ignorar al Estado y la política, tampoco pueden hacer Estado y política con ellos.

Con el fin del trabajo y el fin de la política, un movimiento político para la superación del trabajo sería una contradicción en sí misma. Los enemigos del trabajo plantean reivindicaciones al Estado, pero no forman ningún partido político, ni nunca lo harán. La finalidad de la política sólo puede ser la conquista del aparato del Estado para dar continuidad a la sociedad del trabajo. Los enemigos del trabajo, por eso, no quieren ocupar los paneles de control del poder, sino desconectarlos. Su lucha no es política, sino antipolítica.

En la modernidad, Estado y política están inseparablemente ligados al sistema coercitivo del trabajo y, por ello, deben desaparecer junto con él. La palabrería sobre un renacimiento de la política es sólo el intento de reducir la crítica del terror económico a una acción positiva en relación al Estado. Autoorganización y autodeterminación son, sin embargo, exactamente lo opuesto a Estado y política. La conquista de espacios libres socioeconómicos y culturales no se realiza por el desvío político, por la vía oficial, ni en el extravío, sino a través de la constitución de una contrasociedad.

Libertad quiere decir no dejarse devorar por el mercado, ni dejarse administrar por el Estado, sino organizar las relaciones sociales bajo dirección propia –sin la interferencia de aparatos alienados. En este sentido, interesa a los enemigos del trabajo encontrar nuevas formas de movimientos sociales y ocupar puntos estratégicos para la reproducción de la vida, más allá del trabajo. Se trata de unir las formas de una praxis social con la oposición ofensiva al trabajo.
Los poderes dominantes pueden declararnos locos porque arriesgamos la ruptura con su sistema coercitivo irracional. No tenemos nada que perder, sino la perspectiva de la catástrofe hacia la que nos llevan. Tenemos un mundo que ganar más allá del trabajo.

¡Proletarios de todo el mundo, pongamos fin a esto!



NOTAS DEL TRADUCTOR ESPAÑOL

* DIN (Deutsches Institute für Normung, Instituto Alemán para la Normalización), sección local de la International Organization for Standardization (ISO), organización no gubernamental fundada en 1947 «para promover el desarrollo de la normalización de bienes y servicios en todo el mundo».

** San Floriano, mártir cristiano, víctima de las persecuciones de Diocleciano y Maximiano en el siglo IV d. C., era protector de los comerciantes.


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Colectivo 11/22 (Chile)
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